Quinteto para… Portokali, una aventura culinaria muy singular

Anda Jaleo, antiguo restaurante de Pedro Avilés en la isla de Naxos
Restaurante Anda Jaleo en Naxos, anterior aventura culinaria de Pedro Avilés

Esta vez el quinteto de preguntas no es para ninguna obra literaria, aunque su protagonista, Pedro Avilés, es escritor, como también fue periodista y ahora es chef. Pero de lo que trata esta entrada, y por tanto las preguntas, es a su modo también creación. Estamos hablando de una forma muy original de levantar un restaurante en Madrid y, como todo el mundo sabe o debiera saber, las industrias culturales son parte esencial de la Cultura… a no ser que seas de los que consideran que la gastronomía no es cultura, en cuyo caso tendrás que cambiar tu percepción de lo que es la cultura en general y la creación en particular.

Y vamos con el quinteto.

Por qué

Fui periodista desde casi los 20 años hasta los 53. Soy testigo de cómo empezó a morir el periodismo, una profesión de la que estaba completamente enamorado y, como la muerte de una amante a la que querías con toda tu alma aquello me afectó, aún me sigue afectando, mucho. Pero yo en mi vida, de momento, no he hecho nada que no quisiese hacer. Vamos, que siempre he hecho lo que me ha gustado. Y tuve la suerte de que me gustase la cocina y cocinar. El primer síntoma que tuvo el Periodismo de su enfermedad mortal fue que los sueldos empezaron a bajar de forma escandalosa.

De modo que como me gusta ganarme bien la vida, lo primero que plantee antes de enterrar definitivamente a mi amada, el Periodismo, es montar un negocio de restauración. Pero como soy un chico muy formal, antes de meterme en semejante aventura, que no tiene nada que ver con blogs culinarios ni con preparar platos en casa muy bonitos, decidí prepararme, pero no matriculándome en uno de esos cursos de cocina de dos semanas que te valen una pasta y no te enseñan más que a freír un huevo, a cocer un arroz Pilaf, o a enrollar sushis para impresionar a los amigos los fines de semana, sino que decidí matricularme en un curso de la Formación Profesional de grado superior.

Y ahí, por 2012 teníamos el Técnico Superior en Restauración, dos años de aprendizaje sobre la cocina profesional, sobre la gestión de establecimientos de restauración, y sobre el servicio y la gestión en sala. En la actualidad han cambiado el nombre de ese curso por el de Técnico Superior en Dirección de Cocina, que queda más acorde a lo que hice, que es titularme como Jefe de Cocina. Si lo queréis llamar chef, pues bien, que parece que así la cosa tiene más glamur Un engaño total porque la cocina profesional no tiene nada del glamur que no es más que un falseamientode la realidad que hacen las modas actuales. La cocina es trabajo duro y oficio, mucho oficio. El arte es otra cosa.

Para quién y para qué

Después le dije a mi mujer; ¿qué tal si nos vamos a una isla griega y montamos un restaurante?

Así que nos fuimos a la isla de Naxos y monté allí Anda Jaleo, un restaurante de gastro española. Allí hemos estado 7 años. Al final decidimos vender el negocio, que funcionaba muy bien, pero que sólo funcionaba, como todos los negocios de un sitio turístico de temporada, seis meses al año durante los cuales no tienes ni un día libre.

Como decía más arriba, porque quería ganarme la vida holgadamente y el Periodismo ya no ofrecía más que explotación y falta de rigor. Es decir para y por nosotros, por salud mental y por salud pecuniaria.

Y dicho y hecho. Nos mudamos a Naxos desde Madrid. Montamos el restaurante en un mes en un país del que desconocíamos la lengua y sus forma absolutamente, salvo recordar el alfabeto del griego clásico que había estudiado en mi bachillerato. En un mes estaba abierto Anda Jaleo. La experiencia fue muy enriquecedora, como se puede imaginar. Muy dura también. El restaurante, bien gestionado, sacaba sus buenos beneficios, pero había un problema que es extensivo al 90% de los negocios que se inician en un lugar turístico y de temporada: que tan sólo podíamos abrir seis meses al año, lo que nos daba para vivir once meses y sin poder ahorrar nada de dinero.

Así que decidimos vender el negocio y volvernos a Madrid a abrir otro negocio de restauración que pudiésemos tener abierto todo el año, en el que pudiésemos fidelizar a nuestros trabajadores, y en el que tuviésemos día y medio, dos días de descanso semanal y unas vacaciones de 30 días todos los años para viajar, o para quedarnos en casa mirando al techo, que aburrirse es un lujo que no todo el mundo se puede permitir.

Aquí debo añadir que la venta de nuestro negocio se vio entorpecida por el propietario del edificio en que teníamos abierto el restaurante y por el fulano que se mostró interesado en comprarlo. Utilizando una treta legal derivada de la firma del contrato original, (ahí yo metí la pata), pactaron entre ellos y nos estafaron casi los 100.000 € con los que habíamos pensado venirnos a iniciar de nuevo nuestra vida en España. El asunto está aún en manos de la Justicia griega.

Dónde

El tener que volver de Grecia, prácticamente con una mano delante y otra detrás, más aún cuando que la estafa a que nos sometieron se produjo poco antes de que comenzase la temporada 2018, es decir cuando teníamos la cuenta bancaria prácticamente vacía, fue un momento realmente duro en nuestras vidas. Pero nunca me arredré ante un problema de semejante calado. Así que, sin descartar otras posibilidades de financiación, decidí iniciar una campaña de Crowdfinding que ahora está en marcha para intentar conseguir los 45.000 € iniciales que tengo presupuestados para montar mi nuevo restaurante, en este caso de gastro con sabores del Egeo, en un local del Madrid de los Austrias que ya tengo visto.

El restaurante se llamará Portokalí, que es una palabra griega fácil de pronunciar para nosotros y significan naranja, que induce a pensar en el frescor y el sabor de nuestra cocina mediterránea. Cuando pueda abrir el restaurante, otra cosa que me hace feliz es que podré dar trabajo fijo, así, en principio, a entre cuatro y cinco personas.

Esta campaña de Crowdfinding la he iniciado en una web muy clásica del crowdfinding que se llama Kickstarter.com. Nuestro proyecto está en aquí

Cuándo

Si tenemos suerte con este proyecto de crowdfinding, para primeros de agosto de este año 2019, Portokalí Restaurante podría estar abierto al público. Y como he dicho más arriba, aparte de la ilusión que eso me hace, también me la hace porque dar trabajo a entre cuatro o cinco personas, así, al arrancar.

Magia de cine

Buñuel en el laberinto de las tortugas, de Manuel Cristobal

Estuve el jueves pasado al cine Doré de Madrid, en el preestreno de una película muy especial llamada Buñuel en el laberinto de las tortugas. Especial. de entrada, por ser de animación. Animación y para adultos, lo que en España sigue siendo todavía un empeño tan arduo como arriesgado. Porque, entre los tópicos que parece que nos han inculcado a los españoles está el de que la animación ha de ser para niños o, todo lo más, familiar. Y no es así.

Otro lugar común del que no nos sacan ni a tiros es el de que la animación es un hermano menor dentro del cine. Mentira. Creativamente no lo es, desde luego, y tampoco en cuanto a complejidad de producción. Tuve la oportunidad en su momento de visitar el estudio de Almendralejo donde se hizo buena parte de la película gracias a que el productor, Manuel Cristóbal, es amigo desde hace ya años. Quedé atónito ante el nivel de complejidad, de especialización que requiere una cinta de animación hoy en día. Creo recordar que me dijeron que más de 200 profesionales de una u otra área concreta dela animación pasaron por esta película. Así que imaginen…

Antes, el acceso a los bienes culturales no era inmediato y eso les daba valor

Pero vamos a la película. De entrada, he de comentar que pertenezco a una de esas generaciones que creció cuando los productos culturales eran valiosos y de más difícil acceso. Siendo yo adolescente, si quería oír un disco y no lo tenía, o me lo compraba o conseguía que me lo prestasen. ¿Y si quería ver una película que no estaba en cartel? ¿Qué hacer? Pues a aguantarse, amigo, hasta que la proyectasen en algún cine pipero o en un maratón de cine. Las cintas de video, los DVDs y las plataformas de Internet estaban todavía en el futuro y eso daba valor a las pelis, los discos, los libros, porque su acceso no era inmediato y a capricho, como ahora.

En esos días, ir al cine tenía gran dimensión social. Era un acto colectivo con un antes, un durante y un después. Eso se mantiene, cierto, pero no lo es menos que se va perdiendo, se diluye con el declive de las salas. Haciendo un inciso, creo que la asistencia colectiva a espectáculos públicos —cine, teatro, conciertos— debiera considerarse parte del patrimonio cultural inmaterial y crearse condiciones para su mantenimiento.

El cine como acto colectivo

Pero el caso es que, el pasado jueves, volví a tomar parte en ese acto colectivo de ver cine. Porque, en mi caso, sentarme en una sala a oscuras, abarrotada de espectadores, y ver una película que me enganche, tiene algo de perderme, de sumergirme en lo que veo, de igual manera que asistir a un concierto de música multitudinario supone —de nuevo para mí, que no ha de ser el caso de todos— disolverme en parte en la multitud.

Buñuel en el laberinto de las tortugas se prestaba a ello, sin duda. Animación adulta, para adultos. Y no es frase hecha, porque hay expresiones creativas que uno solo puede apreciar si ha rodado un poco por la vida. Pasa por ejemplo con la relación compleja entre Luis Buñuel y Ramón Acín, que se come el protagonismo en muchas partes. Y eso que al Buñuel de esta película le han dotado de una personalidad complicada hecha de actos contradictorios que no desdibujan el retrato del personaje, sino que lo perfilan con más fuerza. Y eso es algo muy difícil de lograr. Se lo digo yo, lleno de insana envidia.

En Buñuel en el laberinto de las tortugas se ficciona el rodaje de Tierra sin pan, el documental (o docudrama) de Buñuel sobre las Hurdes. Rodaje accidentado, rocambolesco, con episodios surrealistas, como que Acín financiase la película gracias a que le tocó la lotería de Navidad…

Pero tampoco voy a contarles la película. Vaya a verla. Y, de paso, si aún no lo hacen, sigan la trayectoria del productor Manuel Cristóbal, que ya alumbró hace años Arrugas, excelente y arriesgada, a partir del cómic de Paco Roca, sobre un anciano aquejado de Alzheimer. En el caso de Buñuel en el laberinto de las tortugas, la trama es la propia narración, la aventura del rodaje y cómo discurre la historia, sin artificios, giros desaforados o deux ex machina.

El cine como parte de la vida cotidiana

Otras claves están en lo que la película cuenta y en lo que asoma en ella. Y de todo eso estuvimos hablando al salir del cine. Había ido a la proyección con mi amigaVictoria y luego, mientras tomábamos una cerveza, Buñuel en el laberinto de las tortugas salió en la conversación. Comentaba ella sobre «lo que ha cambiado España en tan poco tiempo, lo que eran hace menos de cien años, y cómo lo hemos olvidado» y yo que «hay que fastidiarse que, entonces, un equipo de rodaje eran cuatro tíos metidos en un coche de aquellos años»…

Eso es también parte de la magia del cine. Magia que aún se conserva, por suerte. Es la magia de buena parte de la creación en realidad: que, en una conversación distendia, de forma natural —lo de los culturetas es otra cosa— de repente se cuele una película vista juntos, una música favorita de todos, un libro por todos leído… Por eso decía antes que, a mi juicio, ver cine es más que asistir a una proyección. Es también un acto colectivo con un antes, un durante y un después. Y ese después puede dar mucha magia a las conversaciones. Aunque para eso es necesario, por supuesto, que la película sea buena y cale en el espectador. Y esta lo es y lo hace. Créanme.

El amor como un juego de sombras chinescas

Sombra Chinesca

Ando estos días —bueno, más bien no ando— bastante impedido por culpa de una operación en el pie derecho. Una de esas que implican romper huesos, serrar, poner clavos… y que obligan a bastante reposo y muletas durante una temporada. Así que aparte de leer más y ver series, procuro tomarme las cosas con más calma. Y ocurre que este invierno no es invierno —fuera de alguna ola de frío fugaz—, cosa que me permite, gracias a las temperaturas tibias, echar ratos en mi rincón chill-out.

Lo de rincón chill-out fue una broma de una amiga y con ese nombre se quedó. En realidad, es una mitad de la terraza del salón, donde instalé una mesa plegable, librería y plantas. Y gracias al tiempo clemente, estos días me he estado sentando ahí, a tomar algo conmigo mismo, hacer anotaciones al viejo estilo, filosofar, preguntarte de dónde vienes y a dónde vas… todas esas cosas raras a las que nos dedicamos los trabajalcolicos cuando nos fuerzan a una semi inactividad.

Justo las buenas temperaturas permiten que a primeras horas de la noche todavía se está a gusto ahí. Y, en estas fechas, primeras horas de la noche siguen siendo un tiempo de la tarde bastante temprano. Porque el invierno climático no habrá venido este año, pero el astronómico no lo mueve nadie. Y a estas alturas alguien dirá: Vale, pero ¿a dónde nos lleva todo esto? ¿O es que has abierto una nueva sección de «divagaciones»?

Bueno, pues esto nos lleva a que, por la disposición de bloques de viviendas de mi barrio, la terraza de mi salón tiene justo enfrente las terrazas de las cocinas de otros bloques. Y, en estos días en los que me he sentado en la oscuridad, tomando un café o una cerveza, no he podido evitar ver esas terrazas iluminadas mientras la gente se hace la cena. No suele haber mucho que ver, la verdad, porque las que no son de ventanas de vidrios esmerilados suelen tener las persianas bajadas, justo para preservar la intimidad.

El amor como un juego de sombras chinescas

Pero sí hay una terraza, de las de ventanas esmeriladas, en la que sí ha habido mucho que ver.


Allí, más o menos a la misma hora —al menos durante esta semana—, se encienden las luces y una pareja se dedica a prepararse la cena. Gracias a esos vidrios esmerilados y a alguna luz que debe estar al fondo, los movimientos de esos dos son semejantes a un espectáculo de sombras chinescas.

Por sus siluetas, deben ser una pareja joven. Si no lo son, se mantienen asombrosamente bien, no solo por lo que traslucen sus perfiles sino también sus movimientos. Cada noche, hacia las ocho, dan un espectáculo diferente de sombras chinescas. Y, como uno es imaginativo porque es escritor, o es escritor porque es imaginativo, viéndolos, no puede evitar imaginarse historias.

Reconozco que las sombras chinescas me fascinan desde niño. Esas imágenes negras sobre fondo blanco, capaces de trasmitir de manera asombrosa con el simple desplazarse y los aspavientos. Hubo una noche en la que, por los aspavientos y sus idas y venidas, era obvio que discutían de manera vehemente. Otra, por cómo se movían, debían estar dedicado a una de esas variantes del coqueteo que se dan entre parejas ya asentadas. Las sombras se acercaban, se fundían para despegarse luego a atender algo del cocinar, volvían a juntarse. Y otra noche esas sombras, a las que se veía que tenían recipientes y utensilios en las manos, daban la sensación de estar discutiendo algún asunto para ellos importante…

No. No es que pretenda emular al protagonista de La ventana indiscreta. A lo largo de esta semana, esas son las tres veces que les he visto. Ahí están los dos siempre a esas horas, pero el resto de los días yo estaba a otros asuntos y no en la terraza. Al moverme (como podía) por el salón he visto esa terraza y sus sombras chinescas, por supuesto, pero no me he detenido a observar. Que una cosa es ver y otra mirar. No tengo nada en contra del voyeurismo, que es una perversión muy respetable, siempre que la observación sea inocente o consentida. Porque de lo contrario quien la practica no es un voyeur sino un despreciable mirón.

Pero han sido tres veces las que, sentado en la oscuridad, en mi rincón chill-out, tomándome una cerveza, he podido ver a esa pareja de sombras chinescas, en tres situaciones distintas. Y no he podido evitarlo, pero se me ocurrió que ahí había un título y una historia. El título es el que lleva este post y la historia no sé cuál podría ser. Quizás es que necesita otro arte narrativo —el teatro, el cine— distinto de la literatura para hacer justicia a algo tan visual, fuera cual fuese el argumento.

Sin embargo, tampoco quería que todo se quedase en un par de líneas en esa libreta mía, llena de ideas que en su mayor parte jamás se convertirán en historias. Y, a falta de algo mejor, por eso he colocado la anécdota en esta entrada de blog.

Quinteto para El secreto de Wadi-as

El secreto de Wadi-as

El Secreto de Wadi-as

José María Espinar

Arzalia Ediciones

¿CUÁNDO? 1488. Momentos antes del colapso y derrumbe del reino de Granada. Necesitaba una época de tensión política para introducir en ella elementos narrativos perturbadores que agudizasen aún más el enfrentamiento entre cristianos y musulmanes. El argumento de la novela es un parásito de imaginación inoculado en el interior de una hueva histórica concreta. Enmarco en el rigor académico una aventura delirante.

¿DÓNDE? En Guadix, un lugar al que amo porque pertenezco a él. Esta ciudad granadina es mi infancia, mi única patria. Guadix es el lugar donde comencé a soñar. El argumento de la novela puedo compararlo a un traje hecho a medida para este lugar. Se lo merece. Llevo echándole fuego a mi mente calenturienta sobre este tema quizá desde los siete años. El secreto de Wadi-as es una novela que prácticamente nació conmigo. Ha tardado en salir, como tardaron en salirme pelos en las axilas, pero ahí estaba latente, esperando su momento.

¿QUIÉN? Entre todos los personajes que aparecen en el libro cobra especial relevancia el malvado Yahaya Malek al’Fatóm. Solo pronunciar su nombre ya acojona. Quise crear un Moriarty de la reconquista. Su inteligencia y crueldad deben acabar atrapando a los lectores, ¡ese es el objetivo! Tanto mal se revuelca en la admiración.El resto de personajes se ven empequeñecidos por él. Inlcuso don Alejandro de Vértebra, aunténtico actor principal de la historia, da un paso atrás cada vez que aparece Yahaya. Él lo llena todo, se desparrama por los imbornales de la novela.

¿POR QUÉ? Hay libros que se escriben sin preguntar, son como un mandato personal. Cuando uno ama un lugar, como yo hago con Guadix, intenta rendirle homenaje constante. Yo decidí atrapar todas las gotas de afecto hacia esa ciudad entre dos tapas y volcarlas en una tormenta literaria. Con El secreto de Wadi-as he saldado una deuda afectiva. Me siento feliz, he hecho lo que debía.

¿PARA QUÉ? Honestamente, para crear un buen libro. Persigo hacer literatura, no limitarme al noble (que no sobresaliente) arte de contar historias. Además, no quiero mentir a mis años, me movió una intuición muy poderosa. “Con este libro me hago rico”, pensé. Habida cuenta de los fastusosos resultados obtenidos, mi mujer me ha obligado a abandonar el mundo de la especulación inversora.

Reyes desnudos

Gritar que el rey está desnudo

Reyes vestidos

Hay veces en las que no nos queda otro remedio que actuar como si el rey estuviese vestido, y eso es lo que acaba de ocurrirnos a los españoles en conjunto. Porque, casi durante dos semanas, casi todos hemos actuado como si el niño Julen Roselló estuviese vio, aunque sabíamos que era imposible que así fuese. En el caso de que hubiese sobrevivido a la caída —cosa posible de haber descendido rebotando contra las paredes—, tras tantos días ahí abajo, habría muerto de asfixia, deshidratación o frío. No importaba. Había que bajar. Era lo que tocaba, aunque las posibilidades fuera una entre millones y el gasto resultase enorme.

Otras veces ya no es cuestión de simular, sino de simples estrategias de supervivencia. Muchos consideramos que el alma no existe, que no es más que una fantasía de los antiguos. Y también aceptamos que el Yo es otra fantasía más moderna; un constructo para dotarnos de identidad propia. Pero debemos desenvolvernos de alguna forma en la existencia y, aunque intelectualmente aceptemos que nada de eso existe, nos desenvolvemos como si fueran reales. No es solo que cuesta digerir que somos tan coyunturales como un programa dentro de un ordenador. Es que, además, es difícil que el espejismo asuma que no es más que eso: un espejismo.

Hay muchos casos más. Sabemos que el amor no es más que una suma de procesos químicos. Pero eso no quita para que en ocasiones el amor nos haga volar. Y que todo sea una cuestión de dopaminas y serotoninas no mitiga un ápice la pena cuando nos toca transitar por las fosas del desamor.

Y reyes desnudos

Ahora bien, hay veces que es obligado decir que el rey anda desnudo. Y no basta con decirlo, sino que hay que hacerlo de la forma adecuada. Por ejemplo, a la hora de denunciar todo el circo indecente que han montado los medios con la búsqueda del niño caído en el pozo, y no digamos tras aparecer el cadáver.

Recuerdo que hace décadas, cuando con motivo del asesinato de las niñas de Alcasser, se emitieron programas tan inmundos que provocó reacción popular en contra. Entonces se habló de que en nuestra sociedad se había producido una catarsis que llevaría de forma inevitable a un saneamiento de los medios. A la vista está que no es así.

Todo lo más, algunos más espabilados han sabido refinar sus ofertas de programas carroña para disfrazarlos mejor de información. Pero todo esto sigue siendo un avatar del circo romano. O miento, porque al menos los gladiadores podían ganar fortuna y fama, mientras que todo esto son espectáculos a costa de la sangre y las lágrimas de víctimas que nunca quisieron participar de ello.

Reyes desnudos y pueblo callado

A mi juicio, en estos casos, estamos obligados a decir que el rey está desnudo. Y no debemos hacerlo vociferando indignados, porque entonces nos convertimos en parte de espectáculo. Los responsables de todo esto alega que es «lo que la gente quiere». Mentira. Esto es un sistema de dos serpientes que se muerden las colas y que, en vez de tragarse, se engordan mutuamente. Una de las serpientes son los medios que dan lo que el público demanda, sí, pero a la vez malean el gusto de ese público, educándolos para consumir eso. La otra serpiente es la de ese público que pide más y más basura sangrienta y que, por tanto, realiza una selección negativa en la que solo sobreviven esos medios capaces de producir más basura de esta.

¿Y qué se puede hacer para romper un círculo así? Pues lo ignoro. Pero sí sé que tal vez un paso necesario es que todos digamos claro que el rey está desnudo. Que lo enunciemos sin alterarnos. Y, si puede ser, como el niño del cuento, hacerlo riendo. Porque, si hay algo que no merecen estos vendedores de dolor ajenos es respetabilidad. Ni un ápice. Ni siquiera esa oscura que acompaña a veces a los malvados.

Jaque a la reina

Cuadro Jaque a la reina de Lluís Ribas

Jaque a la reina, de Lluís Ribas, fue protagonista de uno de los primeros comentarios que publiqué en Las islas sin nombre (una entrada que, por supuesto, he eliminado al redactar esta nueva, heredera de aquella antigua). Y si lo escribí es porque el cuadro me impresionó al toparme con él. Se lo mostré a mi amiga Sara y a ella le produjo algo que podríamos definir como desazón.

Desde luego, puede ser una pizca desazonante, sí. Esa mujer tendida sobre el embaldosado negro y blanco que se convierte, por mor del título, en tablero de ajedrez. Su aspecto desvalido, la postura no de quien duerme tranquilo sino de quien está exhausto y abatido…

En fin, no seguiré por ahí, que yo no tengo ni idea sobre artes plásticas. Pero sí sé qué es lo que me gusta y lo que no me gusta. Y también sé que me llega y qué no. Y Jaque a la reina trasmite, cosa que en toda creación es fundamental. O, si queréis, cambiamos el término y en vez de trasmitir decimos que causa un efecto, y que este es distinto según el receptor. Esa capacidad de no dejar indiferente a quien se acerca a una creación es uno de los rasgos distintivos del arte.

Es transversal también a toda forma de arte y creación el hecho de que la obra escapa enseguida a la intención original del autor. Que causa un impacto bien distinto en cada receptor, sea espectador, oyente o lector. La misma música, libro, película, película que para una persona es euforizante o bálsamo, causa desasosiego en otra y melancolía en una tercera. Supongo que será un mecanismo bien estudiado, pero a mí me resulta de lo más misterioso, aunque imagino que tendrá que ver con las claves personales de cada receptor…

Bueno, parece que hilvanando una idea con otra nos hemos ido alejando de Jaque a la reina y mejor paramos aquí. Además, en el fondo no tengo gran cosa que comentar porque, como he dicho, asumo que soy bastante ignorante en materia de artes plásticas. Aquí queda el cuadro por si no lo conocíais. Os invito a contemplarlo y, si toca, a sentir.

Ruta turística de Bandera Negra

El falucho del capitán Miralles

El Galardón Letras del Mediterráneo lleva ya varios años de vida, en curva ascendente de resonancia y ayer dio a conocer los ganadores de este año en cada una de sus cuatro categorías. Además, presentó una iniciativa nueva, ligada al Galardón. La Diputación de Castellón ha creado cuatro rutas turísticas a partir de las poblaciones y lugares señeros que aparecen en cuatro de las novelas ganadoras en años anteriores.

Y sí, amigos, Bandera Negra ha sido una de las seleccionadas. La ruta de Bandera Negra se ciñe a las localidades de la provincia de Castellón en las que viven sus aventuras el capitán Miralles, Furtabous, Mercedes, el pintor Boix. Son Castellón de la Plana, el Grao, Vinaroz, Benicarló… Bueno, no voy a enumerarlas todas, os dejo el folleto abajo, por si queréis leer la lista.

Esto para mí es un gran honor, la verdad. Y estoy muy contento, máxime cuando nunca hubiera esperado un premio así a una obra mía. Encima, además, a Bandera negra, que por más de una razón para mí es una obra especial en mi carrera de escritor. El dinero es importante, desde luego, pero hay cosas que también lo son y esto gratifica en el ánimo de una manera muy especial.

Ahí queda pues la ruta y cuando paséis por Castellón, si os acordáis de mí, haceos con el folleto o cuadernillo de la misma y animaos a acercaros a uno o varios de los lugares que allí aparecen. Y disfrutad, por supuesto, de tales rutas. A veces las cosas dan giros o ramificaciones que no esperabas y que te llenan de alegría. Este ha sido al menos mi caso, como supongo que lo habrá sido el de los demás autores, claro. Así pues, voy a considerar que esto de la ruta de Bandera negra nace con buen augurio y que dará buenos momentos a aquellos que decidan frecuentarla.

 

 

 

Dije digo, digo Diego

Johan Christian Dahl. Vesubio

Donde dije digo, digo Diego. Eso, en este ámbito, quiere decir que he importado todo el antiguo blog a este nuevo —que en realidad es el mismo, en una nueva etapa—. Mi primera intención era dejar todas las entradas antiguas alojadas en wordpress.com y repescar algunas en esta nueva fase.

Esa intención venía dada por el hecho de que ya en una primera mudanza perdí una cantidad enorme de fotos y ahí están los huecos tristes en las entradas. También porque las categorías están más que enmarañadas. Y, por supuesto, porque las entradas de esa etapa antigua del blog no estaban —no están, de hecho— optimizadas SEO. Aunque eso de optimizado SEO es una redundancia, ya que SEO significa Search Engine Optimization

Pero justo hoy estaba revisando el viejo blog en busca de entradas que repescar y, al irme a las primeras, he caído en la cuenta de que en unos días hará ya 12 años que abrí Las islas sin nombre. 12 años, amigos, nada menos. Así que he cambiado de opinión. De sabios es el rectificar o somos incongruentes con nuestras propias decisiones, como quieran.

Así que he importado todas las antiguas entradas. Y ya están en el nuevo Las islas sin nombre con todas sus categorías confusas, sus huecos gráficos, su no optimización para buscadores. Y no lo voy a dejar así. Para eso conservaré el antiguo en wordpress.com y, dentro de un tiempo prudencia, lo pasaré a privado y ya desaparecerá de redes.

En este nuevo, iré arreglando la confusión e incluso reciclando para portada antiguas entradas. Porque esto no es un trastero de viejos posts. Para eso ya está el blog en wordpress.com. Además, me apetece mostrar a amigos que entonces no me conocían algunas de esas entradas, más pulidas y desde luego tamizadas por todo lo que he aprendido con el tiempo.

Aníbal y la liberación femenina

Las romanas antes de Aníbal

Tendemos a creer que la evolución humana es inexorable y que sigue la flecha del tiempo, siempre hacia delante. Por eso, nos inclinamos a asumir que los logros y avances de nuestra época son los primeros, que —al menos en lo mental y social— es la primera vez que subimos ciertos peldaños. Ejemplo de ello es la igualdad entre sexos. Pero no es así, porque la evolución mental y social humana a lo largo de los siglos ha sido errática, llena de idas y venidas, y lo conseguido ahora en ocasiones ya se obtuvo hace muchos siglos. Y buen ejemplo de ello es la emancipación de la mujer.

Hasta la II Guerra Púnica, las mujeres romanas pintaban muy poco en su sociedad. Las de clase aristocrática recibían una educación esmerada, es cierto. Pero su horizonte estaba en convertirse en matronas —esposa de algún senador o caballero— y llevar los asuntos de la casa. Las mujeres de clase senatorial servían de moneda de cambio entre las altas familias y sus padres las entregaban en matrimonio para sellar alianzas políticas.

Aquellas mujeres, por no tener, ni tenían tantos nombres como los varones. Si los hombres tenían tres —praenomen, nomen y cognomen— las mujeres carecían del primero y se identificaban con el segundo. Y, si eran varias, las numeraban, sin mayores complicaciones. Así, si una mujer nacía en la gens Julia, la llamaban Julia. Y si eran más de una en casa, eran Julia Prima, Julia Secunda, Julia Tercia, etc.

Ventajas de una gran guerra

La invasión de Italia por parte de Aníbal lo cambió todo. Algunas de las derrotas que infligió a los romanos no fueron tan graves como luego estos quisieron hacer creer, para magnificar más su victoria final sobre Cartago. Pero sí las hubo que les costaron un número espantoso de muertos. Sobre todo desde el punto de vista de las clases altas, porque entre esos muertos hubo no pocos de los suyos.

A eso tuvieron que sumar que una parte considerable de los pueblos itálicos, hasta entonces aliados a la fuerza de Roma, se unieron a los cartagineses para sacudirse el yugo. Algo que, además de aumentar el número de enemigos de los romanos, privó a estos de sus canteras de tropas auxiliares. Y el resultado fue que se vieron obligados a movilizar a todo varón capaz de importar un arma, desde adolescentes a ancianos.

Como en la Gran Guerra

Algo parecido sucedió en la I Guerra Mundial, esa a la que llamaron la Gran Guerra, hasta que la II vino a quitarle el título. También esa conflagración gigantesca forzó a las potencias a enviar a tantos hombres útiles a las trincheras que la administración y el sistema productivo se resintieron. Y hubo que cubrir los huecos que dejaron los movilizados con personal femenino. Fue fácil porque, en Occidente, las mujeres llevaban décadas formándose en las ramas más diversas, desde medicina a ingeniería, solo que nadie les daba una oportunidad.

En algún lugar leí que la primera mujer que se graduó en Medicina en Estados Unidos fue porque le permitieron hacer el examen final con la promesa de no ejercer jamás. No he encontrado los datos concretos luego y si alguien los conoce, por favor, que me los envíe. Es bueno recordar de dónde venimos y lo mucho que hemos avanzado. En todo caso, la Guerra del 14, por pura necesidad, dio a esas mujeres la oportunidad de ocupar toda clase de puestos especializados. Y ya nunca los abandonaron.

En Roma, a finales del siglo III a.C. y a su manera, ocurrió otro tanto. Porque, pese a que las damas romanas se limitasen luego a los asuntos domésticos, recibían una educación tan completa como la de los varones y no les costó nada hacerse cargo de los negocios que esposos e hijos tuvieron que abandonar para ir a la guerra. Y, aunque es verdad que no se produjo un cambio tan drástico como en el siglo XX en Occidente, sí que la situación de las mujeres mejoró de manera espectacular, en más de un sentido. Al menos la situación de las aristócratas, claro. Lograron administrar sus negocios y su dinero, y muchas emanciparse de la tutela estricta de los pater familias.

Fue un cambio que se notó en muchos órdenes. Porque, de entrada, abandonaron las adustas vestimentas y peinados que hasta entonces las habían caracterizado. Y pudieron lucir joyas, y salir solas sin la escolta de parientes varones, entre otras cosas. Algo contra lo que tronaban y tronaban personajes retrógrados como Catón el Censor… y de todo eso va el podcast que aquí os ofrezco.

Buen Sol Invicto

El sol del Tarot de MarsellaYa que un año más estamos en Navidades, me permito dejaros un modesto regalo. Regalo en el sentido de que quizá lo que cuento aquí le sirva a alguien para algo o, de no ser así, al menos pueda entreteneros un rato.

Veréis: ocurre que los humanos somos animales sociales. Lo somos todos, excepto los psicópatas, que vagabundean solitarios por entre la humanidad. Pero, excepto esas anormalidades carentes de empatía —que nacieron así, por otra parte, y no eligieron ser de esa forma— el resto somos permeables a nuestro tiempo y al entorno. Los tópicos ambientales afectan a unos más que a otros, a algunos antes y a otros después, y calan en cada cual a una profundidad distinta. Pero a todos nos acaban por tocar de una forma u otra.

Y hace ya mucho que, en nuestra sociedad, la Blanca Navidad anda tiñéndose cada vez más del gris de la tristeza. En estas fechas, muchos echan de menos a los que ya no están y vuelven al recuerdo de épocas más felices y compañías que no volverán. Es algo que viene siendo contagioso, porque la gente se desahoga contando lo que les pesan en el alma las navidades y eso hace que a otros acabe por ocurrirles lo mismo. Viene siendo epidémico y, de esa forma, las navidades son para muchos tiempos tristes.

¿Y cómo no impregnarse uno mismo de todo ello? Según sumas años, cada vez tienes más en tu historia personal los huecos de quienes se han ido y echas de menos. Algunos se han ido literalmente, porque las personas mueren. Y hay otros que están lejos o de los que te has distanciado. Y, por lo dicho de que somos seres sociales, tú también te acabas por contagiar de lo dicho y, al final, en navidades, revolotean a tu alrededor los fantasmas del pasado.

No tengo nada contra el entregarse de vez en cuando a la melancolía y las añoranzas. Pero sí que me niego a que las navidades se conviertan a mi pesar en un anclaje, en un punto gatillo que, al llegar las fechas, dispara sentimientos grises y pensamientos negros. Y yo, en ciertos temas, no me complico para nada la vida: cuando algo no me gusta, lo cambio.

No voy a luchar contra una marea social, eso desde luego; mi prepotencia no llega a tanto. Pero sí puedo cambiar el significado de estas fechas para mí. Y esto es lo que estoy trabajando por segundo año consecutivo. Y así es como lo he hecho:

Como muchos saben, la Navidad no es más que el penúltimo avatar de una celebración muy antigua que se ha ido perpetuando a través de diversas fiestas sucesivas, de significados distintos según el tiempo y la cultura. La actual Navidad desciende de las Saturnalias romanas, que eran época de jolgorio y, sobre todo, de la fiesta del Sol Invicta, instituida por el emperador Aureliano.

Eso no importa mucho. La fiesta está ahí, se da en multitud de culturas y celebra los hitos astronómicos que tienen lugar el uno muy cerca del otro. El primero es el Solsticio de Invierno, en el que el sol alcanza en el hemisferio norte su declinación más baja y comienza a remontar grados en el cielo. Eso es el 21 de diciembre y, la noche del 24 al 25 marca el momento del Perihelio, cuando el Sol y la Tierra están más próximos, no importa que ya se produzca en realidad en otra fecha.

Bueno, pues yo, en esa balumba de tradiciones diversas, me quedo con la fiesta del Sol Invicto. Pero no os espantéis ni sonriáis, que no me he vuelto paganizante. Tiendo a lo ateo; tiendo, porque no del todo. El Sol Invicto, creado por un emperador guerrero, celebra el Renacimiento del Sol. El momento en que, tras una larga caída, el Sol comienza a remontar en el firmamento. Es fiesta de resurrección, de redención, de resurgir de las cenizas y las derrotas, de cobrar fuerzas. Celebra el valor, la determinación de levantarse, no importa cuán bajo o duro pueda uno caer a veces.

Es el festival del coraje. Y yo me quedo con eso. La Fiesta del Sol Invicto no celebra ninguna victoria sino el no dejarnos derrotar ni siquiera por nosotros mismos. Eso es lo que me he decidido a celebrar y, aunque me rondan los fantasmas ya no me entristecen. Este año ya no, pero puede que el que viene, por estas fechas, invite a algunos amigos a celebrar conmigo todo eso: que estamos vivos, que no nos dejamos acobardar, que somos capaces de levantarnos y que estamos dispuestos a disfrutar de lo que nos ofrezca la vida, dure esta lo que tenga que durar.

Este, amigos, es mi diminuto regalo por si a alguien le sirve para cambiar el chip y para aventar ese gris niebla que en el imaginario popular de muchos han ido sustituyendo, en estas fechas, al blanco de la nieve.

Recuerdo una frase que me dijeron que es de Freud, que «solo en la oscuridad podemos volvernos brillantes» y os deseo un Buen Sol Invicto.