Aníbal y la liberación femenina

Las romanas antes de Aníbal

Tendemos a creer que la evolución humana es inexorable y que sigue la flecha del tiempo, siempre hacia delante. Por eso, nos inclinamos a asumir que los logros y avances de nuestra época son los primeros, que —al menos en lo mental y social— es la primera vez que subimos ciertos peldaños. Ejemplo de ello es la igualdad entre sexos. Pero no es así, porque la evolución mental y social humana a lo largo de los siglos ha sido errática, llena de idas y venidas, y lo conseguido ahora en ocasiones ya se obtuvo hace muchos siglos. Y buen ejemplo de ello es la emancipación de la mujer.

Hasta la II Guerra Púnica, las mujeres romanas pintaban muy poco en su sociedad. Las de clase aristocrática recibían una educación esmerada, es cierto. Pero su horizonte estaba en convertirse en matronas —esposa de algún senador o caballero— y llevar los asuntos de la casa. Las mujeres de clase senatorial servían de moneda de cambio entre las altas familias y sus padres las entregaban en matrimonio para sellar alianzas políticas.

Aquellas mujeres, por no tener, ni tenían tantos nombres como los varones. Si los hombres tenían tres —praenomen, nomen y cognomen— las mujeres carecían del primero y se identificaban con el segundo. Y, si eran varias, las numeraban, sin mayores complicaciones. Así, si una mujer nacía en la gens Julia, la llamaban Julia. Y si eran más de una en casa, eran Julia Prima, Julia Secunda, Julia Tercia, etc.

Ventajas de una gran guerra

La invasión de Italia por parte de Aníbal lo cambió todo. Algunas de las derrotas que infligió a los romanos no fueron tan graves como luego estos quisieron hacer creer, para magnificar más su victoria final sobre Cartago. Pero sí las hubo que les costaron un número espantoso de muertos. Sobre todo desde el punto de vista de las clases altas, porque entre esos muertos hubo no pocos de los suyos.

A eso tuvieron que sumar que una parte considerable de los pueblos itálicos, hasta entonces aliados a la fuerza de Roma, se unieron a los cartagineses para sacudirse el yugo. Algo que, además de aumentar el número de enemigos de los romanos, privó a estos de sus canteras de tropas auxiliares. Y el resultado fue que se vieron obligados a movilizar a todo varón capaz de importar un arma, desde adolescentes a ancianos.

Como en la Gran Guerra

Algo parecido sucedió en la I Guerra Mundial, esa a la que llamaron la Gran Guerra, hasta que la II vino a quitarle el título. También esa conflagración gigantesca forzó a las potencias a enviar a tantos hombres útiles a las trincheras que la administración y el sistema productivo se resintieron. Y hubo que cubrir los huecos que dejaron los movilizados con personal femenino. Fue fácil porque, en Occidente, las mujeres llevaban décadas formándose en las ramas más diversas, desde medicina a ingeniería, solo que nadie les daba una oportunidad.

En algún lugar leí que la primera mujer que se graduó en Medicina en Estados Unidos fue porque le permitieron hacer el examen final con la promesa de no ejercer jamás. No he encontrado los datos concretos luego y si alguien los conoce, por favor, que me los envíe. Es bueno recordar de dónde venimos y lo mucho que hemos avanzado. En todo caso, la Guerra del 14, por pura necesidad, dio a esas mujeres la oportunidad de ocupar toda clase de puestos especializados. Y ya nunca los abandonaron.

En Roma, a finales del siglo III a.C. y a su manera, ocurrió otro tanto. Porque, pese a que las damas romanas se limitasen luego a los asuntos domésticos, recibían una educación tan completa como la de los varones y no les costó nada hacerse cargo de los negocios que esposos e hijos tuvieron que abandonar para ir a la guerra. Y, aunque es verdad que no se produjo un cambio tan drástico como en el siglo XX en Occidente, sí que la situación de las mujeres mejoró de manera espectacular, en más de un sentido. Al menos la situación de las aristócratas, claro. Lograron administrar sus negocios y su dinero, y muchas emanciparse de la tutela estricta de los pater familias.

Fue un cambio que se notó en muchos órdenes. Porque, de entrada, abandonaron las adustas vestimentas y peinados que hasta entonces las habían caracterizado. Y pudieron lucir joyas, y salir solas sin la escolta de parientes varones, entre otras cosas. Algo contra lo que tronaban y tronaban personajes retrógrados como Catón el Censor… y de todo eso va el podcast que aquí os ofrezco.

Buen Sol Invicto

El sol del Tarot de MarsellaYa que un año más estamos en Navidades, me permito dejaros un modesto regalo. Regalo en el sentido de que quizá lo que cuento aquí le sirva a alguien para algo o, de no ser así, al menos pueda entreteneros un rato.

Veréis: ocurre que los humanos somos animales sociales. Lo somos todos, excepto los psicópatas, que vagabundean solitarios por entre la humanidad. Pero, excepto esas anormalidades carentes de empatía —que nacieron así, por otra parte, y no eligieron ser de esa forma— el resto somos permeables a nuestro tiempo y al entorno. Los tópicos ambientales afectan a unos más que a otros, a algunos antes y a otros después, y calan en cada cual a una profundidad distinta. Pero a todos nos acaban por tocar de una forma u otra.

Y hace ya mucho que, en nuestra sociedad, la Blanca Navidad anda tiñéndose cada vez más del gris de la tristeza. En estas fechas, muchos echan de menos a los que ya no están y vuelven al recuerdo de épocas más felices y compañías que no volverán. Es algo que viene siendo contagioso, porque la gente se desahoga contando lo que les pesan en el alma las navidades y eso hace que a otros acabe por ocurrirles lo mismo. Viene siendo epidémico y, de esa forma, las navidades son para muchos tiempos tristes.

¿Y cómo no impregnarse uno mismo de todo ello? Según sumas años, cada vez tienes más en tu historia personal los huecos de quienes se han ido y echas de menos. Algunos se han ido literalmente, porque las personas mueren. Y hay otros que están lejos o de los que te has distanciado. Y, por lo dicho de que somos seres sociales, tú también te acabas por contagiar de lo dicho y, al final, en navidades, revolotean a tu alrededor los fantasmas del pasado.

No tengo nada contra el entregarse de vez en cuando a la melancolía y las añoranzas. Pero sí que me niego a que las navidades se conviertan a mi pesar en un anclaje, en un punto gatillo que, al llegar las fechas, dispara sentimientos grises y pensamientos negros. Y yo, en ciertos temas, no me complico para nada la vida: cuando algo no me gusta, lo cambio.

No voy a luchar contra una marea social, eso desde luego; mi prepotencia no llega a tanto. Pero sí puedo cambiar el significado de estas fechas para mí. Y esto es lo que estoy trabajando por segundo año consecutivo. Y así es como lo he hecho:

Como muchos saben, la Navidad no es más que el penúltimo avatar de una celebración muy antigua que se ha ido perpetuando a través de diversas fiestas sucesivas, de significados distintos según el tiempo y la cultura. La actual Navidad desciende de las Saturnalias romanas, que eran época de jolgorio y, sobre todo, de la fiesta del Sol Invicta, instituida por el emperador Aureliano.

Eso no importa mucho. La fiesta está ahí, se da en multitud de culturas y celebra los hitos astronómicos que tienen lugar el uno muy cerca del otro. El primero es el Solsticio de Invierno, en el que el sol alcanza en el hemisferio norte su declinación más baja y comienza a remontar grados en el cielo. Eso es el 21 de diciembre y, la noche del 24 al 25 marca el momento del Perihelio, cuando el Sol y la Tierra están más próximos, no importa que ya se produzca en realidad en otra fecha.

Bueno, pues yo, en esa balumba de tradiciones diversas, me quedo con la fiesta del Sol Invicto. Pero no os espantéis ni sonriáis, que no me he vuelto paganizante. Tiendo a lo ateo; tiendo, porque no del todo. El Sol Invicto, creado por un emperador guerrero, celebra el Renacimiento del Sol. El momento en que, tras una larga caída, el Sol comienza a remontar en el firmamento. Es fiesta de resurrección, de redención, de resurgir de las cenizas y las derrotas, de cobrar fuerzas. Celebra el valor, la determinación de levantarse, no importa cuán bajo o duro pueda uno caer a veces.

Es el festival del coraje. Y yo me quedo con eso. La Fiesta del Sol Invicto no celebra ninguna victoria sino el no dejarnos derrotar ni siquiera por nosotros mismos. Eso es lo que me he decidido a celebrar y, aunque me rondan los fantasmas ya no me entristecen. Este año ya no, pero puede que el que viene, por estas fechas, invite a algunos amigos a celebrar conmigo todo eso: que estamos vivos, que no nos dejamos acobardar, que somos capaces de levantarnos y que estamos dispuestos a disfrutar de lo que nos ofrezca la vida, dure esta lo que tenga que durar.

Este, amigos, es mi diminuto regalo por si a alguien le sirve para cambiar el chip y para aventar ese gris niebla que en el imaginario popular de muchos han ido sustituyendo, en estas fechas, al blanco de la nieve.

Recuerdo una frase que me dijeron que es de Freud, que «solo en la oscuridad podemos volvernos brillantes» y os deseo un Buen Sol Invicto.

La bandera de la Hispanidad

Hace un par de días, el jefe del principal partido de la oposición, el Sr. Casado, tuvo el gesto nada elegante de invitar a todos los españoles a colgar una bandera nacional con motivo de la fiesta del 12 de Octubre. No es que hacer una invitación así sea malo, al contrario. Es que, tal como lo hizo, de manera irremediable hará parecer o sospechar que cualquiera que cuelgue la bandera es afiliado o simpatizante del PP. Y eso es algo muy feo. Con lo de todos no se juega ni se hacen trucos de tahúr.

En fin. Yo nunca he colgado una bandera en mi balcón o ventana, aunque reconozco que más que nada por pereza. Al menos nunca lo hice en esos espacios físicos, porque la Red es ya harina de otro costal. En mis redes sociales sí que suelo colgar por estas fechas una u otra de las banderas legítimas que ha tenido España: la actual constitucional, la de la I República, la de la II República…

Y hoy no me voy a quedar sin «colgar» una bandera, lo haré sin hacer el juego al Sr. Casado y, de paso, apuntando una historia que puede interesar a más de uno. Y digo apuntando porque hay información de sobra en red sobre el tema y tampoco cabe extenderse en exceso.

La bandera que he elegido es la de la Hispanidad —o de la Raza, como se llamó al principio—. Fue diseñada en América por el coronel uruguayo Camblor, en un concurso organizado en 1932. Camblor eligió tres cruces por las supuestas tres que llevaban las naves de Colón, aunque eso es imaginario popular y no era así, como no lo es el color que eligió, el morado, por Castilla, cuando el color del pendón castellano es rojo (en el siglo XIX fue esa una confusión muy común, dado que la oxidación de los pigmentos hacían que el rojo del pendón virase a morado). Y lo unió a el sol naciente por ser este astro un símbolo común a antiguos pueblos indígenas y a varias repúblicas americanas.

Esta curiosa iniciativa se enmarca en un movimiento que surgió de manera independiente a ambos lados del Atlántico, revindicando la identidad común de las gentes de España y los países de habla española de América. Era otro ciclo ideológico, ya que ahora estamos en el de la construcción de la identidad sobre lo contrario: arremetiendo, negando y desentendiéndose el pasado común.  Pero no hay que asustarse, que son solo eso, ciclos.

Me quedo con el lema que Camblor adjuntó a la bandera: Justicia, Unión, Paz y Fraternidad. Que así sea. Feliz día de la Hispanidad.

Sobre el día de la Romanidad

Cuando hace unos veinte días lanzamos la propuesta del Día de la Romanidad, los promotores teníamos en mente tres ejes y cuatro vertientes para la celebración.

Los tres ejes eran:

  1. Poner en valor el patrimonio material e inmaterial relacionado con lo romano.
  2. Festejar y trabajar los vínculos comunes entre gentes de Europa, Oriente Próximo y norte de África, que tienen un sustrato común.
  3. Abrir ventanas de oportunidad para hacer negocios en un país que, siendo rico, tiene a parte de su población en serios apuros económicos. Hablar de Romanidad es decir vino, aceite, olivas, cereal, naranjas, urbanismo, obras públicas… Porque tenemos gran diversidad de productos materiales e inmateriales que pueden moverse, exponerse, dinamizarse al socaire del Día de la Romanidad.

En cuanto a las cuatro vertientes, esas son la cultural, la social, la económica y la lúdica. Se explican ellas mismas en función del acto que se organice.

Ahora, tras arrancar el proyecto, habiendo ya en marcha actos en casi una treintena de localidades españolas, proyectos —para este año o el que viene, seamos conscientes de que hay muy poco tiempo— en media docena de países de la Romanidad y habiéndose unido varios ayuntamientos, instituciones y ya incluso una universidad, me voy a permitir algunas reflexiones.

La primera es que hemos de aceptar que el proyecto, tal como estaba concebido, puede ir variando —esperemos que más bien ampliándose—. Algo lógico, habida cuenta de que cuando lanzas un proyecto deja de ser tuyo, se suman personas, lo hacen suyo, lo impulsan, aportan y lo enriquecen.

También que, en esta primera edición, lo que más peso tiene es, de lejos, el segundo de los ejes: el de puesta en valor del patrimonio. No podía ser de otra forma, ya que muchos de los que han recogido con entusiasmo la idea y se han puesto manos a la obra son profesionales y especialistas de ese sector.

El primero de los ejes, el relacionado con los vínculos comunes entre gentes de tres continentes, va a llevar su tiempo. Todo lo internacional tiene su ritmo e involucrar a ciertos niveles requiere su trabajo. A cambio, hemos constatado interés por el Día de la Romanidad en América. Debimos haber pensado en ello; al fin y al cabo, existe una línea de continuidad entre la Romanidad y mucho de lo que en esos países hay. El derecho es un ejemplo bien claro.

En lo que toca a abrir ventana de oportunidades, pese al poco tiempo ya algunos las han encontrado. Sin ir más lejos, diversas librerías montarán ese día actos y escaparates relacionados con libros de ficción y ensayo sobre Roma. Las librerías Argot de Castellón, Cisne Negro de San Lorenzo del Escorial, Gaia de Valencia y París de Zaragoza han sido pioneras, aunque ya otras se lo están planteando.

En fin, que esto iba a ser una piedra de toque, un arranque para ya lanzarse en serio a celebración del 2019 y la respuesta nos ha dejado a nosotros también asombrados. Si así empezamos… ¿qué no lograremos en sucesivas ediciones? Y les digo algo más, que les dije el otro día a unos amigos: si ayudamos a la cultura, a tender puentes y a que la gente haga legítimo negocio, y encima nos divertimos como macacos… ¿qué más podemos pedir?

Concilios Cadavéricos

La otra noche, zapeando, fui a caer en uno de esos programas a los que algunos definen como de telebasura política. Supongo que llevan bastante de razón por más que el apelativo sea duro. Pero lo cierto es que diversos tipos de programas de televisión —los deportes son otro ejemplo, al menos con cierto tipo de presentadores— han ido adoptando fórmulas propias del corazoneo, desde las disputas verdureras a gritos al hecho de que tertulianos e informantes estén al mismo nivel de protagonismo que los supuestos verdaderos protagonistas: los políticos en este caso.
El caso es que la otra noche andaba por ese programa cierto juez portavoz de una de las asociaciones de su profesión. Reconozcamos que el tipo es ponderado de opiniones y mesurado de expresiones, que suele hablar con tino, aunque con cierta tendencia a justificarse y a atemperar con la «opinión pública». Pero lo cierto es que esa noche se prestó a un espectáculo absurdo y tenebroso.
Ante grandes fotos de artistas del pasado —Gauguin, Picasso, Van Gogh— un presentador desgranó los delitos que se les atribuyen: desde la pederastia de Gauguin al mal comportamiento con las mujeres de Picasso. Y, en cada caso, le preguntaban al juez que pena se le habría impuesto al correspondiente artista de haber vivido ahora.
Fue algo grotesco. Me trajo a la cabeza aquel Concilio Cadavérico en el que, en el año 897, el papa Esteban VI mandó desenterrar el cadáver del papa Formoso para someterlo a juicio póstumo. Una locura siniestra que hizo que un papa posterior decretase que no se podía juzgar a un muerto… algo que, por cierto, parece que algunos vuelven a poner en tela de juicio en estos días.
No se puede juzgar a un muerto, no. Ni se pueda aplicar a las gentes de otras épocas nuestra perspectiva cultural. Un caníbal en ciertas islas polinesias del siglo XVIII no era más el que un individuo medio en esa sociedad, en aquel lugar y momento. En cambio, un caníbal en una sociedad europea actual es un ser patológico, ajeno a tal sociedad. Que alguien quiera juzgar a cierto poeta porque su esposa tenía 14 años en el momento de la boda, a comienzos del siglo XX, es una barbaridad. Y si encima se hace como espectáculo es un espectáculo esperpéntico propio del Gran Gignol. Y, como coloquialmente se dice, es de mentes enfermas.

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Roma o la socialdemocracia de los ricachones

Tenemos la mala costumbre de creer que, en muchos aspectos, nuestra civilización es única y sin parangón. Y justo por eso, cuando vemos en otras sociedades fenómenos o mecanismos quizá no iguales pero sí semejantes a los de la nuestra no somos capaces de reconocerlos como tales.
Un ejemplo muy claro lo tenemos en la cuestión de la redistribución de la riqueza. En la mayor parte de las culturas humanas, a lo largo del tiempo, han existido personas y grupos que han tenido a acumular posesiones y tener más que la media de sus conciudadanos. Y en muchas de esas culturas se desarrollaron fórmulas para redistribuir parte de esa riqueza que se acumulaba en unas pocas manos. En Europa, en el siglo XX, se implantó la socialdemocracia, que es un modelo tan exitoso como controvertido. Para la mayoría es una forma razonable de reequilibrar y de financiar igualdad social, pero los hay que lo ven como una trampa por la que los que más tienen ceden una fracción comprando así paz social. En realidad, como se ve en algunos países, ni siquiera es así: paga un tramo medio y alto de la población, pero los que están en la cúspide tienen mecanismos y artefactos como las sicav para pagar proporcionalmente mucho menos de lo que les correspondería.
Un modelo curioso de redistribución era el potlach de los indios del noroeste americano. Ahí, cuando alguien acumulaba demasiado, despilfarraba su fortuna en regalos y banquetes para sus vecinos. Eso parecerá muy exótico, pero en la misma España encontramos lugares en las que los más pudientes se entregan a gastos desmedidos en los festejos. Y si no, fíjense en fiestas de moros y cristianos como las que se celebran en Alcoy.
Lo cierto es que tanto el potlach como esos festejos españoles tienen una ventaja: la merma patrimonial se compensa con un aumento notable del prestigio. Algo que no ocurre en la mucho más gris socialdemocracia con su pago de impuestos. El método romano se parecía más a los primeros que a la segunda, pese a que yo la haya catalogado aquí de socialdemocracia de ricachones. Lo hago en el sentido de que en Roma los poderosos, los senadores, lo tenían prácticamente todo mientras que la plebe no tenía nada, al punto de depender de los repartos de trigo. Por eso los ricos se cuidaban de financiar juegos de gladiadores y también de que se sirvieran banquetes y se dispensara bebida durante las fiestas romanas —de las que había una cada dos días, como quien dice— y con cualquier motivo señalado como bodas y aniversarios.
Eran listos los senadores romanos y sabían que para seguir arriba algo hay que repartir entre los de abajo. Con esa fórmula compraban estabilidad social en un sistema en el que ellos lo tenían todo, ocupaban los cargos y estaban en lo más alto, y de paso ganaban en dignitas, que para ellos era algo más valioso que el oro. De eso es de lo que hablo en el podcast.
 


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Aprendamos de y con Khan Academy

Muchos de los que saben de ello consideran que la enseñanza online es, hasta ahora, uno de los grandes fracasos o, si se quiere ser menos duro, de las asignaturas todavía pendientes en esta era de Nuevas Tecnologías. Yo, que no soy un experto, comparto tal opinión.
De momento, lo que hemos hecho básicamente es sustituir la presencia del ponente, docente o enseñante por una grabación del mismo. Era el paso más lógico, puesto que también se puede hacer con muy pocos medios. En su versión más espartana, se trata simplemente de filmar a alguien dando su charla y colgarlo en una plataforma, de manera que cualquiera pueda acceder a ese video cuando mejor le convenga. Y luego ya a eso podemos asociar documentos, cuestionarios, problemas o casos a resolver…
También hay programas pensados para la enseñanza, como el Moodle, que justamente integra todo eso que he dicho y otras funcionalidades, como la gestión de estudiantes. Algo que también se puede hacer con el Onenote para docencia. Y también hay sitios webs, como los que tienen Microsoft o Google pensados para la enseñanza. Todos, de una forma u otra, pretenden ofrecer un aula virtual.
Aulas virtuales. Ese nombre dice mucho del estado del asunto. A mi modesto entender de no-experto, lo que ocurre es que en esto de la enseñanza on-line estamos todavía en una fase analógica. Es decir: nos dedicamos a hacer productos análogos, a replicar, lo que ya había en el terreno físico. No tiene nada de malo, ¿eh? Los seres humanos funcionamos así. No es casualidad que en ofimática se hable de documentos, archivos y carpetas. Los nombres que se usan en los soportes físicos se aplicaron a los electrónicos por esa analogía citada. Y es que, al principio, los primeros procesadores de texto eran poco más que una hoja virtual en blanco donde uno escribía. Pero con rapidez se superó esa fase analógica y los documentos electrónicos se convirtieron en complejo, lleno de funcionalidades y totalmente diferente a la hoja de papel.
En la enseñanza online parece que estamos bastante atascados en la fase analógica. Sobre todo lo que hemos hecho es sustituir: el docente físico por el video, las bibliotecas por repositorios, las pruebas de examen por evaluaciones online, las tutorías por consulta… Por supuesto que todo eso nada tiene de malo. Cuando hablamos de fracaso o asignatura pendiente es porque muchos creen que, como en el caso del documento electrónico respecto a la hoja de papel, se puede ir mucho más allá. Y no damos con la forma.
Durante años he deambulado por ese mundo en la red formado por MOOCs (Masive Online Course), aprovechando que muchas de las plataformas tienen áreas gratuitas o son directamente gratuitas. Los hay desde muy simples a muy sofisticados, pero básicamente son lo que he estado contando, en un grado u otro de complejidad. Sin embargo, en ese mar de fórmulas iguales —que vuelvo a insistir que no está mal, sino que tendríamos que conseguir ir mucho más allá— destacan algunas perlas.
Quizá la joya más deslumbrante de enseñanza online que me he topado es Khan Academy, que tiene una versión en español: es.khanacademy.org. Joya por su originalidad, su eficiencia y su sencillez. Una maravilla de fundamento y funcionamiento sencillos.
En Khan Academy encontramos cursos gratuitos de matemáticas, álgebra, física, biología… Se puede acceder a cualquiera y comenzar por lo más básico o hacer una prueba de nivel. Si eliges lo que llaman Misiones, partir de ahí se accede a sucesivas pruebas. En cada una de ellas te presentan una batería de preguntas o problemas a resolver. Si lo haces, pasas a la siguiente. Si no, puedes intentarlo de nuevo. Si tienes dificultades para lograrlo o directamente no sabes, entonces puedes ver un video de pocos minutos donde te explican la cuestión o abrir una ventana de ayuda donde se te muestra cómo solucionar.
¿No es genial? Cuando acudes a un MOOC normal, lo mismo que cuando te matriculas en un curso, recibes un caudal de información en el que se mezclan cosas que sabes con otras que no. Aquí no. Avanzas a tu ritmo, lo que es todo un descubrimiento para personas como yo, que han descubierto con horror que, tras años de no usarlos— han perdido buena parte de sus conocimientos en matemáticas o física. La gente como yo entra en Kan Academy y lo que hace es avanzar cubriendo esas lagunas creadas por el tiempo: lo que sabe lo resuelve y sigue. Lo que no, se detiene y aprende.
Y, para rematar, se puede hacer a la manera tradicional, si uno quiere instruirse en una materia en la que es totalmente lego. Entonces se empieza por el principio y siguiendo el esquema clásico. Primero ves la lección, luego resuelves los problemas y, si lo consigues, pasas a la siguiente lección.
Insisto en que yo no lo conozco todo. Pero me llama la atención que esta sencilla genialidad apenas se menciona en artículos de medios online de corte general. Se dedica mucho espacio a chorradas, frikadas y ocurrencias, al tiempo que se mantiene como en sombras a una web que presta un excelente servicio gratuito. Por fortuna, a veces buscando, o por azar, o por el boca a boca, ciertas personas vamos accediendo. Y procuramos darle difusión, como hago yo ahora. Es una pena que ciertos medios no tengan entre sus prioridades apoyar iniciativas que de verdad ayudan a formarse, a cultivar el intelecto, y que lo hacen de forma sencilla, aprovechando las ventajas que ofrece la Red de una forma más que sencilla. Porque, como siempre, lo difícil no es hacer una rueda, que es un artefacto muy simple. Lo difícil fue inventar la rueda.


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Una nueva etapa

Bien, amigos. Con esta entrada iniciamos una nueva etapa de Las islas sin nombre. La tercera en concreto. Cada una de ellas ha sido algo distinta y ha estado marcada por mudanzas. Tras una primera fase en un alojamiento propio, mudé el blog a wordpress.com por las ventajas que en aquel momento daba respecto a los alojamientos de baja gama. Y ahora vuelvo a alojamiento propio porque las prestaciones y las posibilidades, gracias por ejemplo a los plugins, son enormes.

Ya en la primera mudanza perdí gran cantidad de fotos y no sé si podría salvar las que hay ahora en el blog, al estar alojado en wordpress.com y no poder usar un plugin de exportación. Así que me he decidido por dejar todo ahí, que ahora es la dirección lasislassinnombre.wordpress.com y que por supuesto todavía se puede visitar (por ejemplo, simplemente pinchando sobre el nombre que les he puesto). Es mejor así.

Porque esta mudanza se acompaña de un cambio a la hora de concebir mi blog. Las islas sin nombre, a lo tonto, tienen ya alrededor de 13 años y muchas cosas han cambiado desde que lo abrí. Por ejemplo, aparecieron y se desarrollaron las Redes Sociales. Y eso, entre otras cosas, hizo que ya no se necesitasen los blogs para colgar «material efímero». Es decir: comentarios, apuntes, pequeñas reflexiones rápidas, también fotos sueltas acompañadas por un comentario mínimo. Todo eso se puede colgar desde hace años en las Redes Sociales con mayor efectividad.

Estoy siempre metido en tantas cosas que soy errático en algunas iniciativas, lo reconozco. A ver si soy capaz de llevar en serio varias aventuras, como la de los podcasts, que me apetecen mucho pero que se van quedando en cola y al final aparcadas, justo por lo dicho de que ando metido en muchas cosas. También me voy a levantar el veto que me puse a mí mismo de no hablar de ciertos temas, como política. En estos años he aprendido que la política es parte de la vida y que, de hecho, influye de manera drástica en nuestras vidas.

En fin, que vamos a esta tercera fase y, si ven que flaqueo, abandono o doy tumbos en ciertos temas, tienen mi permiso para reprochármelo. Y bienvenidos a mi blog.