Las mañanas grises

Madrid, a primera hora de la mañana, cuando hace frío de invierno, el cielo está cubierto de nubes de plomo y además llueve, se convierte en una ciudad de veras inhóspita. La luz es gris, el tráfico está atascado por todas partes. Y si encima tiene uno que ir a esas horas al hospital, es como si pasase visita a un purgatorio. La entrada misma es ya un hormiguero de gente que se apretuja en las puertas. Hay rostros apagados por todos lados, mala leche, y hasta las luces fluorescentes son más tristes. Supongo que los que trabajan en esos sitios están ya blindados contra ese ambiente y esas horas.

            Hoy había además huelga de metro. El caos de ciudad ha sido inenarrable. Por todas partes veía uno a gente resignada o furiosa, que había tenido que llegar al trabajo andando y bajo la lluvia. Una de las enfermeras que se encargan de extraer sangre para los análisis ha llegado muy tarde. Supongo que ha sido inevitable que tuviese unas palabras con algunos de los que se arremolinaban a la puerta de la cabina, desde hacía más de tres cuartos de hora.

            La cosa ha quedado ahí. Pero, minutos después, el tercero de la lista ha salido blanco de la cabina, apretándose con un algodón la muñeca. Rezongaba que la enfermera le había pinchado en la muñeca para vengarse, que le había hecho un daño tremendo. En realidad eso se llama gasometría, creo, y consisten en extraer sangre arterial, rica en oxígeno. Siempre duele mucho. Eso no lo sabía el hombre aquel, supongo. Y así es como se monta la gente sus pequeñas leyendas urbanas.

Cuaderno de bitácora. Entrada Cero.

Yo, supongo que como mucha gente, he tratado en diversas ocasiones, a lo largo de mi vida, de mantener un diario personal, y siempre he fracasado de forma miserable. Al final, terminaba por abandonarlo, a veces al cabo de sólo unas pocas anotaciones. El fracaso se debía, creo, a la imprecisión en cuanto a las intenciones y el tono narrativo que debía tener tal diario.

            Imagino que, como a mucha gente en mi misma situación, el diario me planteaba incógnitas que nunca llegaba a resolver. ¿Debía ser una recolección de pensamientos privados? ¿El registro de los sucesos que marcaban mi vida personal? ¿Se escribe un diario para uno mismo o para supuestos lectores que repasarán esas páginas cuando ya no estemos? ¿Hay que dejar que las expresiones fluyan o debemos dar un acabado formal al texto?

           Creo que era esa indefinición, el no saber con exactitud en qué terrenos situar el diario, lo que hacía que abandonase la tarea.

            Las bitácoras plantean algunos interrogantes parecidos, aunque no los mismos. De entrada, el hecho de estar en red, bien visible, las convierten en documentos para el público. Y eso obliga, por tanto, a un cuidado formal de las distintas entradas que las forman. Pero,  ¿para qué se escribe una bitácora?

            ¿Para consignar pensamientos, incidentes, como vehículo de vanidad personal, para dar fe de las opiniones de uno sobre distintos temas…? Si uno navega por el universo de las bitácoras, verá que todo eso está presente, junto con mil motivos más posibles. De hecho, parafraseando al refrán, hay veces que ciertas bitácoras son espejo muy nítido del alma de quien las mantiene.

            Así que, puestos a elegir, esta bitácora en concreto ha de ser un cajón de sastre en el que tendrán su sitio los temas más dispares. No un registro exhaustivo de nada y sí una balumba de anotaciones. El nombre de cuaderno de bitácora es, en cierto modo, de lo más apropiado para estas herramientas; sobre todo si lo que uno pretende es dejar por escrito las singladuras que realiza, a merced de los vientos y las corrientes de la vida, así como los monstruos y los prodigios, las islas y los espejismos, y ese sin fin de pequeños detalles que se va encontrando a lo largo de su periplo.