La bandera de la Hispanidad

Hace un par de días, el jefe del principal partido de la oposición, el Sr. Casado, tuvo el gesto nada elegante de invitar a todos los españoles a colgar una bandera nacional con motivo de la fiesta del 12 de Octubre. No es que hacer una invitación así sea malo, al contrario. Es que, tal como lo hizo, de manera irremediable hará parecer o sospechar que cualquiera que cuelgue la bandera es afiliado o simpatizante del PP. Y eso es algo muy feo. Con lo de todos no se juega ni se hacen trucos de tahúr.

En fin. Yo nunca he colgado una bandera en mi balcón o ventana, aunque reconozco que más que nada por pereza. Al menos nunca lo hice en esos espacios físicos, porque la Red es ya harina de otro costal. En mis redes sociales sí que suelo colgar por estas fechas una u otra de las banderas legítimas que ha tenido España: la actual constitucional, la de la I República, la de la II República…

Y hoy no me voy a quedar sin «colgar» una bandera, lo haré sin hacer el juego al Sr. Casado y, de paso, apuntando una historia que puede interesar a más de uno. Y digo apuntando porque hay información de sobra en red sobre el tema y tampoco cabe extenderse en exceso.

La bandera que he elegido es la de la Hispanidad —o de la Raza, como se llamó al principio—. Fue diseñada en América por el coronel uruguayo Camblor, en un concurso organizado en 1932. Camblor eligió tres cruces por las supuestas tres que llevaban las naves de Colón, aunque eso es imaginario popular y no era así, como no lo es el color que eligió, el morado, por Castilla, cuando el color del pendón castellano es rojo (en el siglo XIX fue esa una confusión muy común, dado que la oxidación de los pigmentos hacían que el rojo del pendón virase a morado). Y lo unió a el sol naciente por ser este astro un símbolo común a antiguos pueblos indígenas y a varias repúblicas americanas.

Esta curiosa iniciativa se enmarca en un movimiento que surgió de manera independiente a ambos lados del Atlántico, revindicando la identidad común de las gentes de España y los países de habla española de América. Era otro ciclo ideológico, ya que ahora estamos en el de la construcción de la identidad sobre lo contrario: arremetiendo, negando y desentendiéndose el pasado común.  Pero no hay que asustarse, que son solo eso, ciclos.

Me quedo con el lema que Camblor adjuntó a la bandera: Justicia, Unión, Paz y Fraternidad. Que así sea. Feliz día de la Hispanidad.

Sobre el día de la Romanidad

Cuando hace unos veinte días lanzamos la propuesta del Día de la Romanidad, los promotores teníamos en mente tres ejes y cuatro vertientes para la celebración.

Los tres ejes eran:

  1. Poner en valor el patrimonio material e inmaterial relacionado con lo romano.
  2. Festejar y trabajar los vínculos comunes entre gentes de Europa, Oriente Próximo y norte de África, que tienen un sustrato común.
  3. Abrir ventanas de oportunidad para hacer negocios en un país que, siendo rico, tiene a parte de su población en serios apuros económicos. Hablar de Romanidad es decir vino, aceite, olivas, cereal, naranjas, urbanismo, obras públicas… Porque tenemos gran diversidad de productos materiales e inmateriales que pueden moverse, exponerse, dinamizarse al socaire del Día de la Romanidad.

En cuanto a las cuatro vertientes, esas son la cultural, la social, la económica y la lúdica. Se explican ellas mismas en función del acto que se organice.

Ahora, tras arrancar el proyecto, habiendo ya en marcha actos en casi una treintena de localidades españolas, proyectos —para este año o el que viene, seamos conscientes de que hay muy poco tiempo— en media docena de países de la Romanidad y habiéndose unido varios ayuntamientos, instituciones y ya incluso una universidad, me voy a permitir algunas reflexiones.

La primera es que hemos de aceptar que el proyecto, tal como estaba concebido, puede ir variando —esperemos que más bien ampliándose—. Algo lógico, habida cuenta de que cuando lanzas un proyecto deja de ser tuyo, se suman personas, lo hacen suyo, lo impulsan, aportan y lo enriquecen.

También que, en esta primera edición, lo que más peso tiene es, de lejos, el segundo de los ejes: el de puesta en valor del patrimonio. No podía ser de otra forma, ya que muchos de los que han recogido con entusiasmo la idea y se han puesto manos a la obra son profesionales y especialistas de ese sector.

El primero de los ejes, el relacionado con los vínculos comunes entre gentes de tres continentes, va a llevar su tiempo. Todo lo internacional tiene su ritmo e involucrar a ciertos niveles requiere su trabajo. A cambio, hemos constatado interés por el Día de la Romanidad en América. Debimos haber pensado en ello; al fin y al cabo, existe una línea de continuidad entre la Romanidad y mucho de lo que en esos países hay. El derecho es un ejemplo bien claro.

En lo que toca a abrir ventana de oportunidades, pese al poco tiempo ya algunos las han encontrado. Sin ir más lejos, diversas librerías montarán ese día actos y escaparates relacionados con libros de ficción y ensayo sobre Roma. Las librerías Argot de Castellón, Cisne Negro de San Lorenzo del Escorial, Gaia de Valencia y París de Zaragoza han sido pioneras, aunque ya otras se lo están planteando.

En fin, que esto iba a ser una piedra de toque, un arranque para ya lanzarse en serio a celebración del 2019 y la respuesta nos ha dejado a nosotros también asombrados. Si así empezamos… ¿qué no lograremos en sucesivas ediciones? Y les digo algo más, que les dije el otro día a unos amigos: si ayudamos a la cultura, a tender puentes y a que la gente haga legítimo negocio, y encima nos divertimos como macacos… ¿qué más podemos pedir?

Concilios Cadavéricos

La otra noche, zapeando, fui a caer en uno de esos programas a los que algunos definen como de telebasura política. Supongo que llevan bastante de razón por más que el apelativo sea duro. Pero lo cierto es que diversos tipos de programas de televisión —los deportes son otro ejemplo, al menos con cierto tipo de presentadores— han ido adoptando fórmulas propias del corazoneo, desde las disputas verdureras a gritos al hecho de que tertulianos e informantes estén al mismo nivel de protagonismo que los supuestos verdaderos protagonistas: los políticos en este caso.
El caso es que la otra noche andaba por ese programa cierto juez portavoz de una de las asociaciones de su profesión. Reconozcamos que el tipo es ponderado de opiniones y mesurado de expresiones, que suele hablar con tino, aunque con cierta tendencia a justificarse y a atemperar con la «opinión pública». Pero lo cierto es que esa noche se prestó a un espectáculo absurdo y tenebroso.
Ante grandes fotos de artistas del pasado —Gauguin, Picasso, Van Gogh— un presentador desgranó los delitos que se les atribuyen: desde la pederastia de Gauguin al mal comportamiento con las mujeres de Picasso. Y, en cada caso, le preguntaban al juez que pena se le habría impuesto al correspondiente artista de haber vivido ahora.
Fue algo grotesco. Me trajo a la cabeza aquel Concilio Cadavérico en el que, en el año 897, el papa Esteban VI mandó desenterrar el cadáver del papa Formoso para someterlo a juicio póstumo. Una locura siniestra que hizo que un papa posterior decretase que no se podía juzgar a un muerto… algo que, por cierto, parece que algunos vuelven a poner en tela de juicio en estos días.
No se puede juzgar a un muerto, no. Ni se pueda aplicar a las gentes de otras épocas nuestra perspectiva cultural. Un caníbal en ciertas islas polinesias del siglo XVIII no era más el que un individuo medio en esa sociedad, en aquel lugar y momento. En cambio, un caníbal en una sociedad europea actual es un ser patológico, ajeno a tal sociedad. Que alguien quiera juzgar a cierto poeta porque su esposa tenía 14 años en el momento de la boda, a comienzos del siglo XX, es una barbaridad. Y si encima se hace como espectáculo es un espectáculo esperpéntico propio del Gran Gignol. Y, como coloquialmente se dice, es de mentes enfermas.

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Roma o la socialdemocracia de los ricachones

Tenemos la mala costumbre de creer que, en muchos aspectos, nuestra civilización es única y sin parangón. Y justo por eso, cuando vemos en otras sociedades fenómenos o mecanismos quizá no iguales pero sí semejantes a los de la nuestra no somos capaces de reconocerlos como tales.
Un ejemplo muy claro lo tenemos en la cuestión de la redistribución de la riqueza. En la mayor parte de las culturas humanas, a lo largo del tiempo, han existido personas y grupos que han tenido a acumular posesiones y tener más que la media de sus conciudadanos. Y en muchas de esas culturas se desarrollaron fórmulas para redistribuir parte de esa riqueza que se acumulaba en unas pocas manos. En Europa, en el siglo XX, se implantó la socialdemocracia, que es un modelo tan exitoso como controvertido. Para la mayoría es una forma razonable de reequilibrar y de financiar igualdad social, pero los hay que lo ven como una trampa por la que los que más tienen ceden una fracción comprando así paz social. En realidad, como se ve en algunos países, ni siquiera es así: paga un tramo medio y alto de la población, pero los que están en la cúspide tienen mecanismos y artefactos como las sicav para pagar proporcionalmente mucho menos de lo que les correspondería.
Un modelo curioso de redistribución era el potlach de los indios del noroeste americano. Ahí, cuando alguien acumulaba demasiado, despilfarraba su fortuna en regalos y banquetes para sus vecinos. Eso parecerá muy exótico, pero en la misma España encontramos lugares en las que los más pudientes se entregan a gastos desmedidos en los festejos. Y si no, fíjense en fiestas de moros y cristianos como las que se celebran en Alcoy.
Lo cierto es que tanto el potlach como esos festejos españoles tienen una ventaja: la merma patrimonial se compensa con un aumento notable del prestigio. Algo que no ocurre en la mucho más gris socialdemocracia con su pago de impuestos. El método romano se parecía más a los primeros que a la segunda, pese a que yo la haya catalogado aquí de socialdemocracia de ricachones. Lo hago en el sentido de que en Roma los poderosos, los senadores, lo tenían prácticamente todo mientras que la plebe no tenía nada, al punto de depender de los repartos de trigo. Por eso los ricos se cuidaban de financiar juegos de gladiadores y también de que se sirvieran banquetes y se dispensara bebida durante las fiestas romanas —de las que había una cada dos días, como quien dice— y con cualquier motivo señalado como bodas y aniversarios.
Eran listos los senadores romanos y sabían que para seguir arriba algo hay que repartir entre los de abajo. Con esa fórmula compraban estabilidad social en un sistema en el que ellos lo tenían todo, ocupaban los cargos y estaban en lo más alto, y de paso ganaban en dignitas, que para ellos era algo más valioso que el oro. De eso es de lo que hablo en el podcast.
 


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Aprendamos de y con Khan Academy

Muchos de los que saben de ello consideran que la enseñanza online es, hasta ahora, uno de los grandes fracasos o, si se quiere ser menos duro, de las asignaturas todavía pendientes en esta era de Nuevas Tecnologías. Yo, que no soy un experto, comparto tal opinión.
De momento, lo que hemos hecho básicamente es sustituir la presencia del ponente, docente o enseñante por una grabación del mismo. Era el paso más lógico, puesto que también se puede hacer con muy pocos medios. En su versión más espartana, se trata simplemente de filmar a alguien dando su charla y colgarlo en una plataforma, de manera que cualquiera pueda acceder a ese video cuando mejor le convenga. Y luego ya a eso podemos asociar documentos, cuestionarios, problemas o casos a resolver…
También hay programas pensados para la enseñanza, como el Moodle, que justamente integra todo eso que he dicho y otras funcionalidades, como la gestión de estudiantes. Algo que también se puede hacer con el Onenote para docencia. Y también hay sitios webs, como los que tienen Microsoft o Google pensados para la enseñanza. Todos, de una forma u otra, pretenden ofrecer un aula virtual.
Aulas virtuales. Ese nombre dice mucho del estado del asunto. A mi modesto entender de no-experto, lo que ocurre es que en esto de la enseñanza on-line estamos todavía en una fase analógica. Es decir: nos dedicamos a hacer productos análogos, a replicar, lo que ya había en el terreno físico. No tiene nada de malo, ¿eh? Los seres humanos funcionamos así. No es casualidad que en ofimática se hable de documentos, archivos y carpetas. Los nombres que se usan en los soportes físicos se aplicaron a los electrónicos por esa analogía citada. Y es que, al principio, los primeros procesadores de texto eran poco más que una hoja virtual en blanco donde uno escribía. Pero con rapidez se superó esa fase analógica y los documentos electrónicos se convirtieron en complejo, lleno de funcionalidades y totalmente diferente a la hoja de papel.
En la enseñanza online parece que estamos bastante atascados en la fase analógica. Sobre todo lo que hemos hecho es sustituir: el docente físico por el video, las bibliotecas por repositorios, las pruebas de examen por evaluaciones online, las tutorías por consulta… Por supuesto que todo eso nada tiene de malo. Cuando hablamos de fracaso o asignatura pendiente es porque muchos creen que, como en el caso del documento electrónico respecto a la hoja de papel, se puede ir mucho más allá. Y no damos con la forma.
Durante años he deambulado por ese mundo en la red formado por MOOCs (Masive Online Course), aprovechando que muchas de las plataformas tienen áreas gratuitas o son directamente gratuitas. Los hay desde muy simples a muy sofisticados, pero básicamente son lo que he estado contando, en un grado u otro de complejidad. Sin embargo, en ese mar de fórmulas iguales —que vuelvo a insistir que no está mal, sino que tendríamos que conseguir ir mucho más allá— destacan algunas perlas.
Quizá la joya más deslumbrante de enseñanza online que me he topado es Khan Academy, que tiene una versión en español: es.khanacademy.org. Joya por su originalidad, su eficiencia y su sencillez. Una maravilla de fundamento y funcionamiento sencillos.
En Khan Academy encontramos cursos gratuitos de matemáticas, álgebra, física, biología… Se puede acceder a cualquiera y comenzar por lo más básico o hacer una prueba de nivel. Si eliges lo que llaman Misiones, partir de ahí se accede a sucesivas pruebas. En cada una de ellas te presentan una batería de preguntas o problemas a resolver. Si lo haces, pasas a la siguiente. Si no, puedes intentarlo de nuevo. Si tienes dificultades para lograrlo o directamente no sabes, entonces puedes ver un video de pocos minutos donde te explican la cuestión o abrir una ventana de ayuda donde se te muestra cómo solucionar.
¿No es genial? Cuando acudes a un MOOC normal, lo mismo que cuando te matriculas en un curso, recibes un caudal de información en el que se mezclan cosas que sabes con otras que no. Aquí no. Avanzas a tu ritmo, lo que es todo un descubrimiento para personas como yo, que han descubierto con horror que, tras años de no usarlos— han perdido buena parte de sus conocimientos en matemáticas o física. La gente como yo entra en Kan Academy y lo que hace es avanzar cubriendo esas lagunas creadas por el tiempo: lo que sabe lo resuelve y sigue. Lo que no, se detiene y aprende.
Y, para rematar, se puede hacer a la manera tradicional, si uno quiere instruirse en una materia en la que es totalmente lego. Entonces se empieza por el principio y siguiendo el esquema clásico. Primero ves la lección, luego resuelves los problemas y, si lo consigues, pasas a la siguiente lección.
Insisto en que yo no lo conozco todo. Pero me llama la atención que esta sencilla genialidad apenas se menciona en artículos de medios online de corte general. Se dedica mucho espacio a chorradas, frikadas y ocurrencias, al tiempo que se mantiene como en sombras a una web que presta un excelente servicio gratuito. Por fortuna, a veces buscando, o por azar, o por el boca a boca, ciertas personas vamos accediendo. Y procuramos darle difusión, como hago yo ahora. Es una pena que ciertos medios no tengan entre sus prioridades apoyar iniciativas que de verdad ayudan a formarse, a cultivar el intelecto, y que lo hacen de forma sencilla, aprovechando las ventajas que ofrece la Red de una forma más que sencilla. Porque, como siempre, lo difícil no es hacer una rueda, que es un artefacto muy simple. Lo difícil fue inventar la rueda.


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Una nueva etapa

Bien, amigos. Con esta entrada iniciamos una nueva etapa de Las islas sin nombre. La tercera en concreto. Cada una de ellas ha sido algo distinta y ha estado marcada por mudanzas. Tras una primera fase en un alojamiento propio, mudé el blog a wordpress.com por las ventajas que en aquel momento daba respecto a los alojamientos de baja gama. Y ahora vuelvo a alojamiento propio porque las prestaciones y las posibilidades, gracias por ejemplo a los plugins, son enormes.

Ya en la primera mudanza perdí gran cantidad de fotos y no sé si podría salvar las que hay ahora en el blog, al estar alojado en wordpress.com y no poder usar un plugin de exportación. Así que me he decidido por dejar todo ahí, que ahora es la dirección lasislassinnombre.wordpress.com y que por supuesto todavía se puede visitar (por ejemplo, simplemente pinchando sobre el nombre que les he puesto). Es mejor así.

Porque esta mudanza se acompaña de un cambio a la hora de concebir mi blog. Las islas sin nombre, a lo tonto, tienen ya alrededor de 13 años y muchas cosas han cambiado desde que lo abrí. Por ejemplo, aparecieron y se desarrollaron las Redes Sociales. Y eso, entre otras cosas, hizo que ya no se necesitasen los blogs para colgar «material efímero». Es decir: comentarios, apuntes, pequeñas reflexiones rápidas, también fotos sueltas acompañadas por un comentario mínimo. Todo eso se puede colgar desde hace años en las Redes Sociales con mayor efectividad.

Estoy siempre metido en tantas cosas que soy errático en algunas iniciativas, lo reconozco. A ver si soy capaz de llevar en serio varias aventuras, como la de los podcasts, que me apetecen mucho pero que se van quedando en cola y al final aparcadas, justo por lo dicho de que ando metido en muchas cosas. También me voy a levantar el veto que me puse a mí mismo de no hablar de ciertos temas, como política. En estos años he aprendido que la política es parte de la vida y que, de hecho, influye de manera drástica en nuestras vidas.

En fin, que vamos a esta tercera fase y, si ven que flaqueo, abandono o doy tumbos en ciertos temas, tienen mi permiso para reprochármelo. Y bienvenidos a mi blog.

El Certamen de Úbeda como signo del cambio de ciclo

El fin de la era del pelotazo borró del mapa a un montón de eventos culturales locales. Y la crisis sostenida fue liquidando paulatinamente a muchos más y dejando en los huesos a otros tantos.

Esa es la parte mala. La buena es que, poco a poco, fueron naciendo por todas partes iniciativas culturales dispuestas a cubrir los huecos dejados. Tales iniciativas eran en muchos casos fruto de la sociedad civil, menos ligadas (al menos en sus arranques) al dinero público. Y, lo que a mi juicio es más valioso, distintas a lo que había.

La verdad es que, antes de la Crisis, España estaba llena de eventos culturales clónicos, construidos a base de conferencias y mesas redondas en espacios cerrados. Era difícil distinguir a muchos de tales eventos, más allá de la localidad donde se realizaban y los nombres propios de los ponentes.

Tras la Gran Poda, han ido surgiendo en cambio algo que podíamos llamar Eventos de Nicho, en el sentido de que cada uno ocupa un nicho en eso que se llama la diversidad cultural. Nicho que les da características únicas.

Buen ejemplo de ello es el Certamen de Novela Histórica de Úbeda, al que pude asistir la semana pasada para presentar Bandera Negra y La boca del Nilo, así como en calidad de jurado del Premio Los Cerros de Úbeda que se concede a la mejor novela histórica publicada el año anterior.

Por supuesto que conserva los elementos más clásicos de este tipo de eventos, como son las conferencias y las presentaciones de libros. Lo novedoso del Certamen es que a estas actuaciones en recinto cerrado apareja otras a pie de calle que se desarrollan en el mismo centro monumental de la población.

Al Certamen acuden grupos de recreadores que dan mucho color durante esos días al Certamen y que son su mejor reclamo y escaparate. A mí algo así ya me parece un hecho positivo puesto que da a este evento carácter propio, distinto. Más si se tiene en cuenta de que la recreación en la calle no es monotemática. Este año había, por ejemplo, grupos de recreación romana y pictos. También recreadores de la II Guerra Mundial, alemanes y aliados, que llegaron a montar sus propios campamentos y que deambulaban por la ciudad con sus uniformes, haciendo imposible que nadie que pasase por Úbeda esos días no se enterase de que se estaba celebrando el evento.

De paso, añadir que este año tenían la muy original contribución de un grupo dedicado a recrear el movimiento sufragista, de forma que de continuo te cruzaban con grupos de mujeres vestidas como a comienzos del siglo XX con carteles exigiendo el voto para la mujer.

Todo esto de las acciones callejeras tiene más importancia de lo que parece, al menos a mi juicio. Un solo personaje vestido de soldado alemán o de legionario romano, yendo por la calle, equivale a ciento de carteles pegados en los lugares habilitados, en cuanto a visibilizar se refiere.

Y que en este caso además le dan un sello, una impronta que hace al Certamen algo diferente con claridad.

En fin. En lo particular, añadir que a eso se suma, ya para los profesionales, toda una dimensión social porque es el momento de reencontrar a viejos conocidos (otros escritores, editores, críticos) y tramar nuevas relaciones.

Personalmente creo que eventos como el Certamen son el camino, menos mastodónticos, más ágiles y sobre todo más imbricados con la sociedad en la que tienen lugar. Otros no opinan igual, desde luego, y apuestan por los fastos de tipos más clásicos. Ya veremos quiénes duran más.

Reiniciando la biblioteca

El otro día en una entrevista me preguntaron si no me arrepentía de haberme desprendido de parte de mi biblioteca personal. Aludían al hecho de que doné hace tres o cuatro años gran parte de mis libros de literatura fantástica a la BYU de Utah. Mi respuesta fue que no solo no me arrepentía, sino que estaba en vísperas de desprenderme de una parte significativa de lo que me resta.

Imagen relacionadaMe salió de corazón y no es ninguna boutade. Llevaba ya tiempo dándole vueltas en la cabeza y una pregunta tan oportuna sirvió para cristalizar la decisión. Así suelen funcionar las cosas. Podría haber estado años pensando en ello y sin dar el paso, pero al verbalizarlo ya no hay marcha atrás.

Verán. Aquellos que acumulan libros y libros, y crean bibliotecas de miles y miles de volúmenes, tienen todo mi respeto. Son bibliómanos. Aman los libros. Pero no es la única forma de amar los libros.

A menudo recorro mi cada vez más exigua biblioteca, tomo un libro que leí hace años o décadas y soy consciente de que nunca en mi vida volveré a leerlo, por la razón que sea. Están ahí, en los estantes, cogiendo polvo y ocupando sitio en vano, cuando otras personas podrían estar disfrutando de su lectura. Y también dejando hueco a libros nuevos. Porque yo soy de los que siguen leyendo.

Así que he decidido reiniciar mi biblioteca. Reset. Voy a recomenzarla, aunque no de cero. Con algunos de mis libros mantengo cierto vínculo emocional. Pero voy a liberar muchos volúmenes. Lo haré por tandas y sin complicarme. Los regalaré y que otros disfruten de ellos, y el método será sencillo. Iré sacando listas de libros y, el primero que pida uno, para él será.

Así que atentos a sus pantallas.

Lo falso vende

Resultado de imagen de asesinato de juan de escobedoEl año pasado, Hipólito Sanchiz y yo accedimos a una entrevista para una nueva serie documental que se estaba preparando para uno de los canales de pago de televisión. En 2005, Hipólito y yo publicamos Una historia de las sociedades secretas españolas, que fue el primer ensayo sobre el tema en nuestro país en más de cien años, ya que el anterior fue uno de Vicente de la Fuente en 1871.

La entrevista era para un capítulo dedicado a la Garduña, la supuesta sociedad criminal española. En nuestro libro demostramos (aunque en realidad en esa parte toda el mérito de la investigación es de Hipólito) que la Garduña nunca existió, que fue producto quizá de una confusión al principio (el mito nació en el siglo XIX) y después, a lo largo del siglo XX, asentado por una multitud de autores presuntamente informados que lo que hacían en realidad era refritos de libros sobre el tema anteriores.

Yo ya venía de una mala experiencia al respecto, con un programa famoso de televisión, donde me entrevistaron sobre el mismo asunto. Como la entrevista no fue en plató, cortaron y montaron de tal forma que parecía que un servidor afirmaba que la Garduña sí había existido. Así que le insistimos a los del programa en que se respetase nuestra opinión y así nos lo garantizaron… y que si quieres arroz, Catalina.

Cuando el programa se emitió, habían cortado y montado nuestras declaraciones de tal forma que parecía que avalábamos la existencia de la Garduña. Y lo que tiene más cachondeo, salían un par de supuestos expertos dando tan aplomados datos que, en realidad, fue nuestro libro el que los puso en luz pública por primera vez. Por ejemplo, el hecho de que no se puede probar la realidad o falsedad del supuesto juicio a los jefes de la Garduña porque los archivos judiciales de Sevilla de la época se perdieron en un incendio a comienzos del siglo XX.

En fin. Inenarrable. Cosa curiosa, poco después contactó conmigo un profesional del Periódico de Cataluña para un reportaje sobre la Garduña. Conversamos al respecto y tras manifestarles que, en nuestra opinión, la Garduña es una falsedad de cabo a rabo, el periodista convino en que entonces no había pues reportaje y ahí quedó la cosa. Es decir: se comportó con ética, no tomó mis palabras para darle la vuelta al sentido, como hicieron los otros granujas.

¿Cuesta tanto comportarse con un mínimo de decencia profesional y de respeto a la buena fe ajena? Supongo que no, este periodista lo demostró.

Pero ocurre la falta de honradez renta. Puedo asegurarles que, si en nuestro ensayo, hubiésemos tirado de mitos y de bulos, mucho más hubiéramos vendido entre el público ávido de conjuras e illuminatis. Y salir en pantalla contando gilipuerteces, usando material de tercera mano y alimentando bulos funciona. Funciona porque tiene su público. Y como lo falso tiene su público, lo falso renta. Renta porque la gente lo compra encantada, como compran esos falsos lacostes que hacen pelotillas pero tienen el cocodrilo.

Pues eso.

A ver si nos aclaramos: seudónimo vs heterónimo

La gente se lía mucho. Un seudónimo es un nombre falso que suele usarse para ocultar una identidad. En artes, sobre todo en la escritura, se emplea en aquellos casos en que el autor escribe una obra que piensa que podría dañarle en su vida personal o social. Libros escabrosos se han escrito así. También se emplea para protegerse de represalias profesionales o condenas sociales. Y, desde luego, en nuestros días, hay algún personaje siniestro que lo utiliza para escribir artículos de prensa online sin dar la cara (cosa que a mi juicio debía estar prohibido: a nadie se le ocurre que alguien vaya a una tertulia televisiva encapuchado y se ponga a insultar y a denigrar a diestro y siniestro, por ejemplo).

Vamos, que el seudónimo, por razones comprensibles unas veces e ilegítimas otras es una pantalla, una máscara tras la que se oculta el autor de un artículo o una obra.

El heterónimo es un nombre distinto que usa de manera abierta una misma persona. Se emplea para deslindar entre la esfera pública y la personal, porque suena mejor o incluso por capricho. Hay una gran diferencia entre un nombre falso (seudónimo), que enmascara la identidad real de quien lo usa, y un nombre diferente (heterónimo) que usa alguien de manera abierta sin ocultar su identidad.

El que esto escribe emplea un heterónimo, León Arsenal, y no es ningún secreto justo porque es un heterónimo. Por eso me resulta pintoresca la manía de algunos de andar aireando junto con el heterónimo mi nombre legal. Es como decir que, aunque visto traje en actos formales por casa ando en chanclas. Es innecesario y a veces pueril. Como si yo fuera el primero al que se le ocurrió usar heterónimo. Pero en fin.

Ocurre que la gente usa seudónimo para todo, lo cual tampoco es tan grave porque las palabras cambian de significado y a veces adquieren un sentido amplio aparte del estricto. Lo chusco es que no entiendan la diferencia. Y que encima hagan la gracia de violentar la privacidad para la cual se inventaron los heterónimos. Privacidad no de ocultación, pero sí de uso de nombre en público.