Ávila-Salamanca III. El astronauta de la catedral, texto.

Aunque parezca mentira, ese astronauta esté en uno de los pórticos de la catedral de Salamanca. Es muy famoso allí y todos los que visitan la ciudad acaban reparando en él. Pero, quienes no lo conozcan, que no se asombren. No se trata de ningún descubrimiento asombroso de la ufología. No bajaron los dioses extraterrestres a levantar esa mole de piedra arenisca que es la catedral. Se trata simplemente de que, cuando los canteros reparan algo, introducen algún elemento nuevo para que se sepa que es obra nueva y no original. Y alguien tuvo el detalle cachondo de poner ese astronauta flotando entre las imágenes sacras del pórtico.

            Seguro que en alguna revista de ufología poco sería de algún país remoto aparece ya el astronauta como muestra de la visita de extraterrestres en siglos pasados.

Ávila-Salamanca III. Puerta del Alcázar, texto

Ahí está, una de las puertas de esa muralla medieval que tanto gusta a los turistas que acuden a Ávila. Dentro se conserva todo un casco antiguo que hace las delicias de los visitantes. Pero parece que el pasado aún se ancla más de lo que podríamos creer. Fijaos si no en esa figura acurrucada en la puerta, pidiendo. Claro que más que medieval, la estampa sería renacentista. Porque esa no es la imagen de un menesteroso, sino de un pícaro, pícara en este caso, uno de tantos falsos mendigos que tanto abundan por España, como en el Siglo de Oro.

            Los antiguos chinos daban una mano de palos a los falsos pordioseros que pillaban. Habrá quienes lo consideren un castigo muy duro, pero lo cierto es que una actividad así, lejos de ser una pillería menor, torpedea lo que siempre ha sido el mecanismo final de solidaridad entre las gentes: la limosna. Cuando hay plaga de pedigüeños profesionales, y desde hace años es el caso, uno se retrae de dar.

            En fin, por lo menos esta vez les he sacado yo un poco de jugo, y sin pagarles nada. Así que aquí os dejo lo dicho, una estampa de la Puerta del Alcázar, con pedigüeña agazapada bajo los arcos y todo.

Ávila-Salamanca II. El león de Guadarrama, texto.

Ese león de granito está en una columna de la misma piedra, en el Alto de los Leones. A un lado, las montañas caen hacia Madrid y, al otro, hacia Segovia. Pero yo no diría que vigila la frontera. No parece de esos leones de piedra alertas, sino de los cansados y un poco hartos. Tal vez sea lo normal. El tiempo ha ido erosionando el granito y los avances le han dejado en mitad de una isleta rodeada por las pistas de la N-VI. Tiene un mesón a un lado y al otro un bar ya abandonado. Le rodean los bosques de la sierra y aunque antes cualquiera que viajase desde Madrid hacia el norte pasaba a su sombra, ahora hay muchos que ni le conocen: toman siempre por el túnel, aunque no tengan prisa, preocupados siempre por llegar lo antes posible al destino. Y así sucede que ya nunca pasan bajo la mirada del león de Guadarrama.

Ávila-Salamanca

Fue un viaje por Ávila y Salamanca de un par de días –el 11 y el 12 de abril-, en compañía de un amigo. Un periplo modesto, lo sé, si lo que se tiene en cuenta son los kilómetros recorridos. Parece que en esto de viajar, como en casi todo, se ha impuesto un criterio olímpico: se trata de batir marcas y lo que importan son la distancia y lo exótico del destino. Se nos olvida que, a veces, un paseo de casa al mercado puede ser toda una aventura, llena de descubrimientos. Pero, para eso, es necesario tener los ojos y el talante de los viajeros.

Corrientes del idioma

El idioma puede ser un como un barco entregado a diversas corrientes que le llevan por caminos a veces extraños. Esas corrientes pueden ser espontáneas, pero no siempre lo son necesariamente y ya se ha señalado más de una vez. Tampoco la evolución, el derrotero que traza el idioma es siempre el mejor, o siquiera mínimamente estético, al menos a ojos de unos cuantos, entre los que me encuentro.

Para abrir boca, aunque supongo que ya se me ocurrirán más corrientes que hacen derivar el barco del idioma, propongo aquí dos.

La primera está provocada por los bienpensantes, sin duda alguna, y es todo un clásico en el idioma español. Es esa manía de cambiar por pudor las palabras, eliminando acepciones antiguas por encontrarlas peyorativas. Si digo que es corriente antigua es porque ya está identificada desde hace mucho tiempo, aunque al parecer en nuestros días no hace otra cosa que ganar en intensidad. Es aquello de sustituir viejo por anciano y éste por mayor, al considerar la primera peyorativa. Ya hace muchos años se sustituyó cojo por mutilado, o ciego por invidente. El colmo supongo que lo da esa evolución sin fin que ha llevado de inválido a impedido a incapacitado y de éste a discapacitado y ahora creo que van por algo así como persona con movilidad restringida, aunque supongo que no será la última entrega.

            La otra corriente, clarísima, es esa que, por alguna razón, tiende a alargar las palabras de forma innecesaria. Antes siempre se ofrecían empleos, ahora en cambio se ofertan. Supongo que esta corriente es fruto de la simple necedad.

            A veces las dos corrientes señaladas se funden en una sola, muy poderosa. Se suman la mojigatería lingüística con las ganas de construir palabros innecesarios. ¿Un ejemplo muy claro? Me contó un amigo hace pocos días que en las empresas la gente ya no se marcha, o la despiden, sino que se desincorporan. Sin palabras.

            Y eso es todo de momento, ya seguiremos balizando esta agua.

Toto meguro yuhigaoka, de Hiroshige. II

 

Buscaba un cuadro en red, Cerezo en flor, de Van Gogh, hecho a la manera de Hiroshige, y, claro, me encontré con las obras del propio Hiroshige. Sobran los comentarios casi. Delicadeza, belleza, otra forma de ver y hacer las cosas…

Nublado

Dentro de un ratito me voy, a tomar un avión a Oviedo. Se trata de una presentación de mi última novela en la librería Cervantes. Ir y venir en el mismo día. Si hay algo que me pone melancólico –será por algo supongo, pero no sé el qué- es estar a punto de emprender viaje, aunque sea corto, y asomarme a la ventana para descubrir que no sólo es aún de noche, sino que el tiempo es desabrido, hace frío y llueve, y las calles están tristonas y mojadas.