Pescadores de fortuna

La pesca en Castellón

Leí hace tiempo una noticia sobre un incidente habido entre la policía local de Cádiz y un vendedor ilegal de pescado, y la posición más que ambigua adoptada por el alcalde del lugar. La verdad es que las autoridades hacen bien en reglamentar y vigilar el asunto de los alimentos. Y justo el pescado y el marisco merecen especial vigilancia. Pero eso me hizo recordar que, no hace tanto, las cosas eran muy diferentes. Y, desde luego, las autoridades mucho más laxas.

De noche, junto a la refinería de Castellón…

Recuerdo que, en mis tiempos de marino mercante, en cierta ocasión llevamos crudo a la refinería de Petromed, en Castellón. En esa ocasión, no entramos de forma directa. Tuvimos que fondear en espera de que nos dieran orden de descargar. Y esa noche, estando de guardia, pude observar que una barca con tres tripulantes merodeaba cerca del buque. Pescaban a la luz de un farol.

Que lo hicieran cerca del petrolero no era sorprendente. No sé cómo será ahora, pero entonces, hará 20 o 25 años, los residuos orgánicos se tiraban por la borda y en paz. Festín para los peces. Y, justo por esa razón, siempre había peces cerca de los barcos. Y, donde hay peces, hay pescadores.

Lo que me llamó la atención fue que los tipos examinaban cada pieza que pescaban. Y a la mayor parte de ellas las devolvían al mar. Como había un marinero veterano justo entonces en el puente —no recuerdo a qué había subido a esas horas— le señalé ese comportamiento tan peculiar. A él no se lo pareció y, de hecho, me dijo

—Esos son pescadores de peces preciosos.

—¿?

—Pues que no les vale cualquier pez. No los pescan para comérselos ellos. Buscan ciertas clases de peces caros, para vendérselos a los restaurantes de postín de Castellón. Por eso tiran la mayor parte al mar. Solo se quedan con los que pueden vender.

Curiosa ocupación ¿eh? Y, desde luego, un nombre de lo más bello: «pescadores de peces preciosos».

Ocurre que las historias que se cuentan en los barcos siempre tienen varios grados de imprecisión y el doble de inventiva. Y a lo mejor el marinero me estaba tomando el pelo.

Lo mismo eran peces que no les servían. Porque recuerdo que, allí mismo y en otra ocasión, también fondeados, nos dedicamos a pescar y sacamos poco más que tallanes. ¿Qué son los tallanes? Unos malditos peces cabritos, cuya única virtud es tener unos dientes tremendos, que se han llevado el dedo de más de un pescador desprevenido. Lo mismo era todo mentira y lo que hacían era deshacerse de eso que se llama morralla, y que son justamente los peces que solo sirven para hacer caldo o fumet.

Podría haber lo comprobado. Pero ¿para qué? Si era mentira, lo compro igual. Porque no me digan que no es una historia bonita.

… y junto a la reserva de Tabarca

Un par de años después, navegaba en un barco gasolinero que suministraba combustible a las grandes ciudades del litoral mediterráneo español. En más de una ocasión, al arribar a Alicante, tuvimos que quedar en espera de turno de descarga. En tales casos, lo que hacíamos era ir a fondear muy cerca del límite de la reserva marina de la isla de Tabarca. Está prohibido pescar en esa reserva, como es lógico. Pero en el mar no hay vallas ni cercas y, por tanto, justo cerca del límite de la reserva, peces y mariscos proliferan. Y nosotros, si fondeábamos, aprovechábamos la ocasión. Nos dedicábamos a pescar calamares de noche.

Lo que hacíamos era apear un farol por la popa, para atraer con la luz a los calamares. Y luego echábamos poteras. Estas son un lastre de plomo pintado, erizado de garfios. La técnica de pesca es sencilla: hay que lanzar la potera al agua, a no mucha profundidad, y luego ir subiéndola y bajándola mediante el sedal. Con suavidad, para engañar a los calamares. Estos creen que es un pez y, cuando la atrapan, notas el tirón. Entonces, todo es el ir subiendo con suavidad pero sin parar la potera. Y el calamar sale enganchado. Porque, como estos no pueden nadar hacia atrás, una vez que le atrapas con los garfios de la potera, si no detienes el ascenso, no puede liberarse.

Eso de pescar con poteras también tiene sus exégetas y sus frikis. He presenciado discusiones de lo más bizantinas acerca de cuál es el color idóneo en el que ha de estar pintada una potera. No hay unanimidad y, por tanto, las hay de todos los colores. Yo las he visto hasta doradas.

Pescar con potera es fácil, se aprende rápido y, en aguas ricas en pesca como aquellas, es muy agradecido, porque no tardas en sentir el tirón del primer cefalópodo. En aquel barco, nos habíamos dividido la faena en tres. Unos pescaban, otros limpiaban y otros cocinaban. Yo era de los primeros: prefería perder horas de sueño a tener que eviscerar a los calamares, que es de lo más asqueroso, la verdad.

Nunca tardábamos en llenar uno o dos cubos de calamares, chocos y seres parecidos. Una vez, hasta atrapé un pulpo de muy buen tamaño. Pero cuando ya lo izaba fuera del agua, con los balanceos de la potera, la popa se le puso a tiro. Pegó ahí las ventosas de algunos de sus tentáculos, hizo fuerza, dobló los garfios de la potera y se escapó.

Cuando teníamos bastante, parábamos. No tiene sentido pescar más de lo que vas a comer. Aunque había una excepción. Teníamos un contramaestre que pescaba para sí mismo y todo lo que podía, y no por afán predatorio. Su habilidad era asombrosa. Se manejaba con una potera en cada mano. Le veías ahí, junto a la borda, tirando de los sedales derecho e izquierdo, casi recordando a un marionetista. Con una sola mano era capaz de izar a los calamares para luego, con un gesto de muñeca, arrojarlos al cubo. A ese le vi yo llenar tres baldes en menos de dos horas.

¿Y qué hacía con eso? Pues tenía acuerdos con algún que otro restaurante de Alicante. Allá se iba a venderles el calamar. Calamar fresco, delicioso, que luego cobraban bien cobrado los restauradores. Eran otros tiempos. Ahora hay más normas y los de sanidad están muy al quite. Supongo que hemos salido ganando. Desde luego, en este caso, los calamares sí que lo han hecho.

Aníbal y la liberación femenina

Las romanas antes de Aníbal

Tendemos a creer que la evolución humana es inexorable y que sigue la flecha del tiempo, siempre hacia delante. Por eso, nos inclinamos a asumir que los logros y avances de nuestra época son los primeros, que —al menos en lo mental y social— es la primera vez que subimos ciertos peldaños. Ejemplo de ello es la igualdad entre sexos. Pero no es así, porque la evolución mental y social humana a lo largo de los siglos ha sido errática, llena de idas y venidas, y lo conseguido ahora en ocasiones ya se obtuvo hace muchos siglos. Y buen ejemplo de ello es la emancipación de la mujer.

Hasta la II Guerra Púnica, las mujeres romanas pintaban muy poco en su sociedad. Las de clase aristocrática recibían una educación esmerada, es cierto. Pero su horizonte estaba en convertirse en matronas —esposa de algún senador o caballero— y llevar los asuntos de la casa. Las mujeres de clase senatorial servían de moneda de cambio entre las altas familias y sus padres las entregaban en matrimonio para sellar alianzas políticas.

Aquellas mujeres, por no tener, ni tenían tantos nombres como los varones. Si los hombres tenían tres —praenomen, nomen y cognomen— las mujeres carecían del primero y se identificaban con el segundo. Y, si eran varias, las numeraban, sin mayores complicaciones. Así, si una mujer nacía en la gens Julia, la llamaban Julia. Y si eran más de una en casa, eran Julia Prima, Julia Secunda, Julia Tercia, etc.

Ventajas de una gran guerra

La invasión de Italia por parte de Aníbal lo cambió todo. Algunas de las derrotas que infligió a los romanos no fueron tan graves como luego estos quisieron hacer creer, para magnificar más su victoria final sobre Cartago. Pero sí las hubo que les costaron un número espantoso de muertos. Sobre todo desde el punto de vista de las clases altas, porque entre esos muertos hubo no pocos de los suyos.

A eso tuvieron que sumar que una parte considerable de los pueblos itálicos, hasta entonces aliados a la fuerza de Roma, se unieron a los cartagineses para sacudirse el yugo. Algo que, además de aumentar el número de enemigos de los romanos, privó a estos de sus canteras de tropas auxiliares. Y el resultado fue que se vieron obligados a movilizar a todo varón capaz de importar un arma, desde adolescentes a ancianos.

Como en la Gran Guerra

Algo parecido sucedió en la I Guerra Mundial, esa a la que llamaron la Gran Guerra, hasta que la II vino a quitarle el título. También esa conflagración gigantesca forzó a las potencias a enviar a tantos hombres útiles a las trincheras que la administración y el sistema productivo se resintieron. Y hubo que cubrir los huecos que dejaron los movilizados con personal femenino. Fue fácil porque, en Occidente, las mujeres llevaban décadas formándose en las ramas más diversas, desde medicina a ingeniería, solo que nadie les daba una oportunidad.

En algún lugar leí que la primera mujer que se graduó en Medicina en Estados Unidos fue porque le permitieron hacer el examen final con la promesa de no ejercer jamás. No he encontrado los datos concretos luego y si alguien los conoce, por favor, que me los envíe. Es bueno recordar de dónde venimos y lo mucho que hemos avanzado. En todo caso, la Guerra del 14, por pura necesidad, dio a esas mujeres la oportunidad de ocupar toda clase de puestos especializados. Y ya nunca los abandonaron.

En Roma, a finales del siglo III a.C. y a su manera, ocurrió otro tanto. Porque, pese a que las damas romanas se limitasen luego a los asuntos domésticos, recibían una educación tan completa como la de los varones y no les costó nada hacerse cargo de los negocios que esposos e hijos tuvieron que abandonar para ir a la guerra. Y, aunque es verdad que no se produjo un cambio tan drástico como en el siglo XX en Occidente, sí que la situación de las mujeres mejoró de manera espectacular, en más de un sentido. Al menos la situación de las aristócratas, claro. Lograron administrar sus negocios y su dinero, y muchas emanciparse de la tutela estricta de los pater familias.

Fue un cambio que se notó en muchos órdenes. Porque, de entrada, abandonaron las adustas vestimentas y peinados que hasta entonces las habían caracterizado. Y pudieron lucir joyas, y salir solas sin la escolta de parientes varones, entre otras cosas. Algo contra lo que tronaban y tronaban personajes retrógrados como Catón el Censor… y de todo eso va el podcast que aquí os ofrezco.

Criptojudíos y criptomusulmanes en La aventura del saber.

Judíos conversos, mudéjares y moriscos
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Ayer proyectaron en La aventura del saber, en TV2, mi colaboración sobre Criptojudíos y Criptomusulmanes. Y ese un tema de lo más interesante y no solo desde un punto de vista histórico. Porque, verán: la cuestión de la expulsión de los judíos y luego la represión de los conversos en falso explica en parte la evolución social de España. Y otro tanto podemos decir de la catastrófica expulsión de los moriscos a comienzos del siglo XVII.

Falsos cristianos…

Aunque ambas fueron expulsiones se ejecutaron sobre minorías religiosas, fueron por motivos bien distintos y en circunstancias muy diferentes. Mi intervención en La aventura del saber fue a partir del libro Una historia de las sociedades secretas. En concreto, ahí, quien abordó el tema en su capítulo fue Fernando Prado y a él debo mi interés por la cuestión. No tiene sentido repetir aquí lo dicho en el Taller de Historia de La aventura del saber, así que os comento algún dato adicional.

La expulsión de los judíos fue, con toda seguridad, un largo proceso de cambio de óptica política en Europa Occidental. Por supuesto a eso hemos de unir otros factores como el fanatismo de no pocos. Pero un elemento fundamental fue que la transición de la Edad Media a la Moderna supuso el fin de las sociedades multisociales, si se me permite el palabro. Porque los judíos (y los mudéjares en el caso español) no solo practicaban otra religión, sino que tenían distintas costumbres, fiestas y atuendos, y vivían aparte.

A lo largo del siglo XV, se fue produciendo la paulatina expulsión de judíos de distintos estados europeos de la época que fue liquidando ese tipo de sociedades. Muchos de esos expulsados recalarían en la Península Ibérica, de donde serían exiliados a su vez en 1492 (España) y 1497 (Portugal). Y como se les dio a elegir entre conversión o marcha, no faltaron los que se convirtieron en falso, como explico en el programa.

De ahí, poco a poco, fue naciendo la paranoia de los falsos conversos, que fue infectando de forma paulatina a la sociedad española, que dio poder a la Inquisición, y que creó una cultura de la sospecha, la apariencia pública y la delación que quizá no nos ha abandonado del todo.

… y enemigos escondidos

Esos fueron los moriscos, un caso muy distinto al de los hebreos. Obligados a convertirse al cristianismo, era sabido que muchos conservaban su fe, si bien es cierto que cada vez más decadente y rudimentaria, por verse obligados a practicarla en secreto. Pero el decreto de expulsión de 1609 no obedeció a eso sino al temor a que esos moriscos, que eran centenares de miles y en muchos casos en posesión de armas, pudieran levantarse en caso de invasión turca. Invasión que era posible y que se sopesó, a tenor de cartas interceptadas a agentes otomanos.

El resultado fue ese decreto de 1609, que arrancó de su suelo a unos 300.000 moriscos y sus consecuencias fueron tremendas. Valencia y Aragón perdieron una parte significativa de su población y, por sectores económicos, las consecuencias en ciertos lugares para la agricultura fueron tremendas. Desaparecieron también muchos artesanos y obreros especializados, con lo que todo el sistema productivo se resintió. Y para los expulsados la cosa no acabó ahí, pues muchos sufrieron robos o fueron asesinados al trasladares al norte de África, donde no fueron bien recibidos. Excepciones fueron los hornacheros, tal como cuento en Enemigos del imperio, que cruzaron en bloque y llegaron a hacerse los amos de Salé y crear una república pirata independiente…

Las aventuras de todos aquellos desposeídos fueron muchas, pero son para narrar en otro lado, porque no era aquí la intención, sino simplemente abrir boca para el video o dar un poco más de contexto al mismo. Y creo que, como casi siempre, me he alargado. Así que ya seguiremos.

 

 

 

Anticuento de Navidad

 

 

Estamos en Noche de Reyes y me gustaría haceros un pequeño regalo. Este anticuento de Navidad que escribí hará tres años quizá. Y ahora, con motivo de haber mudado el blog, estoy canibalizando contenidos del antiguo. Os dejo este relato, que lo disfrutéis. A mí esta historia, una vez que la puse por escrito, me dio que pensar, la verdad.

De algunos quijotes y diversos sanchopanzas

Viejo buque mercante cargueroEstos son días para el recuerdo, o eso dicen. O es que a fuerza de oír que son para el recuerdo ya estamos condicionados a ello y le damos un espacio mayor a la memoria. Y el caso es que se me ha venido a la cabeza un personaje al que conocí hace muchos años. Todo un personaje, en el buen sentido de la palabra.

Fue en los años setenta y ya era un hombre de edad avanzada, así que con toda probabilidad debió fallecer hace ya bastante tiempo. A pesar de sus años, daba clase de inglés en una academia a la que yo acudí a preparar el ingreso en la Escuela Superior de Náutica. Así fue como entré en contacto con él.

Este hombre había sido marino mercante en su día. Radiotelegrafista, para más señas. Durante un tiempo estuvo navegando entre España y la costa este de los Estados Unidos. Y de ahí pasó, con otros marinos españoles, a trabajar en un barco granero con bandera estadounidense. En esa compañía se dedicaron durante años a llevar cereales desde la costa oeste estadounidense a Japón. Estamos hablando de los años 30, así que si ahora todo eso nos resulta exótico, imagínense como se verían un San Francisco y un Tokio para un español de la época.

Ahí estaba contento y bien remunerado. Y ahí habría seguido de no ser por el estallido de la Guerra del 36, la última por ahora de nuestras guerras civiles. Los marinos mercantes de la época eran en su gran mayoría de convicciones republicanas, y algunos de ellos no solo de boquilla. Al arribar a la costa este americana y conocer la noticia, nuestro hombre —del que no recuerdo el nombre— fue de los que no dudó en despedirse y volver a España para tomar las armas en defensa de la República.

Sobrevivió a la contienda pero tuvo que sufrir las consecuencias de haber luchado por el bando perdedor. Sobre todo porque él, habiendo vuelto de los Estados Unidos para luchar, no pudo aducir como otros que se vio atrapado por las circunstancias. Al menos no perdió la vida, pero estuvo preso durante años, condenado a trabajos forzados.

Cuando por fin lo soltaron, por la razón arriba dicha, no pudo volver a navegar. Le quitaron su título de radiotelegrafista y ni siquiera le dieron la oportunidad de exiliarse para trabajar en buques extranjeros. Ser marino en tierra a la fuerza es duro, créanme. Es un trabajo muy especializado que en algunas de sus ramas, como la de puente, poca salida tiene en tierra. Y encima, en el caso de nuestro héroe, republicano confeso y convicto, y en la postguerra.

Carteles de la guerra civil españolaAnduvo el hombre décadas viviendo de lo que podía. Al cabo de mucho tiempo recaló en la academia de otro personaje con el que compartía ciertas características. Comunista expulsado de malas maneras de la universidad de la época por sus convicciones políticas. Este segundo tuvo algo más de suerte, pues pudo montar una academia gracias al amparo que le dio un alto cargo de la armada franquista, que era amigo suyo y que no le abandonó cuando cayó en desgracia.

Ya que estamos en Navidad, este podía ser nuestro cuento de Navidad dentro del cuento. Y la moraleja sería que la naturaleza compensa: que si bien es cierto que nuestra nación produce en abundancia sujetos amigos de dar el paseíllo o en su defecto perseguir, tampoco es menos cierto que produce igualmente gente decidida a impedir que los primeros cumplan sus miserables designios.

Pero, volviendo a nuestro protagonista, hablaba el hombre de todo aquello, décadas después, sin excesivo rencor. Aunque sí con obvia amargura. Porque ahí estaba, añoso y dando clases de inglés para poder sustentar su vejez. Y gracias. Es que —y eso no es moraleja de Navidad— la vida no suele ser amable con los hombres de talante aventurero, ni con los de recto proceder, y menos con los de firmes convicciones. Supongo que debió dar clase hasta que la salud ya no le permitió ni eso. Que eran los años setenta y, aunque se nos ha olvidado, las cosas no eran como ahora, por mal que estemos en estos últimos años.

El caso es que contó una vez en clase, a propósito de su peripecia vital, algo que he vuelto a recordar y que ahora comprendo que se me quedó ahí, oculto pero grabado. Sería la tercera moraleja, el ejemplo perfecto de que siempre, siempre, se puede empeorar.

Prisioneros de guerra de los japoneses en la II guerra mundialVerán. En sus años de dar tumbos sin oficio ni beneficio, como es lógico se lamentaba de su decisión. Se maldecía por haber dejado el barco del Japón, envidiaba a los que en él se quedaron, lejos y a salvo de la pesadilla que se abatió sobre España en aquellos años.

Y ocurrió que años después, dando tumbos, este buen hombre se encontró con uno de sus antiguos compañeros en el barco del Japón. Se abrazaron, se fueron a tomar vinos. Le tocó a este contar primero qué había sido de él en la vida. Narró su participación en la guerra, la derrota y la prisión, los años forzados. Y le dijo:

—Y así estuve, amigo, comiendo y cenando cebollas hervidas durante siete años.

Él otro parece que se encogió de hombros y le contó su aventura. Resulta que el ataque a Pearl Harbour sorprendió a su nave en Japón. Como enarbolaba bandera estadounidense, los japoneses los aprisionaron a todos. Y, ¡tate!, también los mandaron a trabajos forzados. Picando piedra se pasaron toda la guerra mundial. Y por lo visto este segundo personaje concluyo con un:

—Comer y cenar siempre cebollas hervidas no está mal del todo. Macho. Que en los campos de concentración japoneses nos daban de comer hambre y de cenar palos. Y así también yo siete putos años.

¿Cuál es la moraleja?

Pues no se me ocurre otra que, a veces, todas las salidas son igual de malas. O, por ser un poco más retóricos, que en ocasiones a los sanchos no les va mejor que a los quijotes… ni viceversa.

Buen Sol Invicto

El sol del Tarot de MarsellaYa que un año más estamos en Navidades, me permito dejaros un modesto regalo. Regalo en el sentido de que quizá lo que cuento aquí le sirva a alguien para algo o, de no ser así, al menos pueda entreteneros un rato.

Veréis: ocurre que los humanos somos animales sociales. Lo somos todos, excepto los psicópatas, que vagabundean solitarios por entre la humanidad. Pero, excepto esas anormalidades carentes de empatía —que nacieron así, por otra parte, y no eligieron ser de esa forma— el resto somos permeables a nuestro tiempo y al entorno. Los tópicos ambientales afectan a unos más que a otros, a algunos antes y a otros después, y calan en cada cual a una profundidad distinta. Pero a todos nos acaban por tocar de una forma u otra.

Y hace ya mucho que, en nuestra sociedad, la Blanca Navidad anda tiñéndose cada vez más del gris de la tristeza. En estas fechas, muchos echan de menos a los que ya no están y vuelven al recuerdo de épocas más felices y compañías que no volverán. Es algo que viene siendo contagioso, porque la gente se desahoga contando lo que les pesan en el alma las navidades y eso hace que a otros acabe por ocurrirles lo mismo. Viene siendo epidémico y, de esa forma, las navidades son para muchos tiempos tristes.

¿Y cómo no impregnarse uno mismo de todo ello? Según sumas años, cada vez tienes más en tu historia personal los huecos de quienes se han ido y echas de menos. Algunos se han ido literalmente, porque las personas mueren. Y hay otros que están lejos o de los que te has distanciado. Y, por lo dicho de que somos seres sociales, tú también te acabas por contagiar de lo dicho y, al final, en navidades, revolotean a tu alrededor los fantasmas del pasado.

No tengo nada contra el entregarse de vez en cuando a la melancolía y las añoranzas. Pero sí que me niego a que las navidades se conviertan a mi pesar en un anclaje, en un punto gatillo que, al llegar las fechas, dispara sentimientos grises y pensamientos negros. Y yo, en ciertos temas, no me complico para nada la vida: cuando algo no me gusta, lo cambio.

No voy a luchar contra una marea social, eso desde luego; mi prepotencia no llega a tanto. Pero sí puedo cambiar el significado de estas fechas para mí. Y esto es lo que estoy trabajando por segundo año consecutivo. Y así es como lo he hecho:

Como muchos saben, la Navidad no es más que el penúltimo avatar de una celebración muy antigua que se ha ido perpetuando a través de diversas fiestas sucesivas, de significados distintos según el tiempo y la cultura. La actual Navidad desciende de las Saturnalias romanas, que eran época de jolgorio y, sobre todo, de la fiesta del Sol Invicta, instituida por el emperador Aureliano.

Eso no importa mucho. La fiesta está ahí, se da en multitud de culturas y celebra los hitos astronómicos que tienen lugar el uno muy cerca del otro. El primero es el Solsticio de Invierno, en el que el sol alcanza en el hemisferio norte su declinación más baja y comienza a remontar grados en el cielo. Eso es el 21 de diciembre y, la noche del 24 al 25 marca el momento del Perihelio, cuando el Sol y la Tierra están más próximos, no importa que ya se produzca en realidad en otra fecha.

Bueno, pues yo, en esa balumba de tradiciones diversas, me quedo con la fiesta del Sol Invicto. Pero no os espantéis ni sonriáis, que no me he vuelto paganizante. Tiendo a lo ateo; tiendo, porque no del todo. El Sol Invicto, creado por un emperador guerrero, celebra el Renacimiento del Sol. El momento en que, tras una larga caída, el Sol comienza a remontar en el firmamento. Es fiesta de resurrección, de redención, de resurgir de las cenizas y las derrotas, de cobrar fuerzas. Celebra el valor, la determinación de levantarse, no importa cuán bajo o duro pueda uno caer a veces.

Es el festival del coraje. Y yo me quedo con eso. La Fiesta del Sol Invicto no celebra ninguna victoria sino el no dejarnos derrotar ni siquiera por nosotros mismos. Eso es lo que me he decidido a celebrar y, aunque me rondan los fantasmas ya no me entristecen. Este año ya no, pero puede que el que viene, por estas fechas, invite a algunos amigos a celebrar conmigo todo eso: que estamos vivos, que no nos dejamos acobardar, que somos capaces de levantarnos y que estamos dispuestos a disfrutar de lo que nos ofrezca la vida, dure esta lo que tenga que durar.

Este, amigos, es mi diminuto regalo por si a alguien le sirve para cambiar el chip y para aventar ese gris niebla que en el imaginario popular de muchos han ido sustituyendo, en estas fechas, al blanco de la nieve.

Recuerdo una frase que me dijeron que es de Freud, que «solo en la oscuridad podemos volvernos brillantes» y os deseo un Buen Sol Invicto.

Pero qué grande es el amor…

Pero qué grande es el amorTomaba anoche una copa conmigo mismo. No soy de los que salen a deambular a solas por las barras de los bares, pero ahí tengo el pub de toda la vida, donde me conocen y saben cómo me gustan las copas, donde me puedo sentar en la penumbra y perderme en mis pensamientos sin sentirme un colgado de bar. Y anoche andaba dándole vueltas en la cabeza a mis asuntos cuando de repente tuve que salir de lo mío para fijarme en la pareja que estaba sentada en la mesa justo frente a la mía. Rondarían los dos los cuarenta y no eran ni guapos ni feos sino dos personas normales que hablaban cara a cara, separados por una mesa de ni tres palmos de ancho y con cervezas de por medio.

Estarían a un par de metros de mí, pero no sé de qué hablaban y, desde luego, no es relevante para esta historia. De hecho, creo que tampoco lo era para ellos porque era obvio que estaban en pleno cortejo. Al menos era obvio para cualquier observador que haya rodado un poquito por la vida. Yo podía verles muy bien y sin necesidad de tener que espiarles de reojo, porque da la casualidad de que se jugaba un partido entre el Español y el Bilbao, y ellos estaban justo en línea con la pantalla del fondo. Así que yo podía mirar directamente, en teoría a la pantalla, y observarlos sin llamar la atención.

Como ocurre muchas veces en casos semejantes, era él quien llevaba el peso de la conversación y, además, remarcaba lo que decía —lo que fuese— con gestos cargados de énfasis. Y ella estaba ahí, al otro lado de la mesa, oyéndole supongo que sin oírle. En el fondo pendiente de él, mirándole fijamente y sin desviar los ojos. Esa se supone que es una señal que todos entienden. Se supone.

La verdad es que su actitud era la de dos adolescentes. Insisto en que frisarían los dos los cuarenta. Pero claro, en estas situaciones ya se sabe… De forma lenta, ambos iban acercando las cabezas por encima de esa mesa, afortunadamente pequeña. Pero siempre, al llegar a poco más de un palmo de distancia, él retrocedía con brusquedad y, para enmascararlo, hablaba con redoblado ímpetu. Le podían esos miedos de los que nadie está a salvo. Y luego la aproximación volvía a comenzar para, inevitablemente, frustrarse por parte de él en el último momento.

Pero si las señales eran claras. Aunque, claro, uno lo ve siempre todo muy claro cuando está en la barrera. Cuando se encuentra en la arena, metido en harina, las cosas a menudo no parecen tan obvias. Lo admito, lo entiendo. Pero eso no quita para que el tío ese me estuviese ya poniendo negro con tanta indecisión. Viéndole ahí, abortando el salto una y otra vez, como piloto de avión que remonta porque hay demasiado viento en pista, me dio por pensar: «Como este salga de aquí sin atacar, cuando pase por mi lado le meto un botellazo por necio y flojo».

No fue necesario, porque el hombre por fin se decidió. O más bien se lanzó. Cuando los hombres se ven en una tesitura en la que no tienen claro si la puerta está abierta o cerrada, hay tres formas de ir hacia delante. La primera es la «técnica del psicópata» que es la del que en realidad el asunto se lo trae al pairo —o consigue abstraerse muy bien— y, puesto que se juega poco emocionalmente, actúa con la frialdad del que no va a salir malparado en caso de equivocarse. La segunda técnica es la del «valiente», la del que, harto de dudas, se lía la manta a la cabeza y se tira a la piscina, y ojalá que el agua no esté helada. Y la tercera es la del «enamorado», ese al que en un momento dado el corazón toma el control, deja de importarle todo y para adelante.

En el caso de este, no sé si fue la segunda o la tercera situación, pero desde luego seguro que no la primera. Por seguir haciendo taxonomía, vamos a recordar que ahora llamamos «hacer una cobra» a ese movimiento de curvarse hacia atrás para hurtarse a un beso no deseado. Bueno, pues a lo de este hombre podríamos llamarlo «hacer una víbora» porque lanzó un ataque semejante a la de ese ser mortífero para besar a la chica. Aunque lo cierto es que no necesitaba un ataque tan fulgurante porque, aunque lo hubiese hecho a paso de caracol, ella no he habría huido, no.

En un pestañeo habían abandonado los dos sus taburetes para encontrarse en el lateral de la mesa y besarse de pie. ¡Madre mía, que beso! Quede claro que no fue un beso demasiado bueno, en absoluto. Yo los estaba observando y —modestia que no tengo aparte— sé algo de besos. Pocos nacen sabiendo besar, a eso también se aprende y muchos no aprenden jamás, entre otras cosas porque ni siquiera saben que hay que aprender a besar.

Fue un beso chapucero, apresurado. Me recordó aquellos que me daba de adolescente con contrapartes igual de inexpertas y fogosas, en los que la mitad de las veces, llevados del ímpetu, entrechocábamos los dientes con tanta fuerza que no sé cómo no nos mellamos alguno.

No fue un buen beso, pero fue un gran beso. Grande de verdad. Y lo digo yo, que he visto muchos besos. Vale, es cierto que todos hemos visto muchos besos, pero pocos se fijan en ellos. Y yo sí lo hago porque me fascina la gente que se besa en público y lo que trasmiten sus actitudes. Me fascina tanto que hará ya 20 años que escribí un cuento sobre un beso que vi darse a dos chavales que se reencontraban en la estación de ferrocarril de Gijón, cuando el bajó del tren y se encontró con que ella le estaba aguardando en el andén…

Volviendo a este beso en concreto, juro que fue mágico. Un beso no es solo dos bocas que se juntan: en un juego en el que entran en acción dos cuerpos y en los que las posturas, los actos, nos muestran los sentimientos. Y él, que tanto había dudado, la estrechaba ahora como si tuviera miedo de que, de un momento a otro, se le volviese humo entre los dedos. Y ella le abrazaba de una forma peculiar. Le corría con las manos por la espalda y a veces cerraba el puño sobre la tela del jersey, como si estuviera por fin tocando algo que había deseado palpar desde hace tiempo.

En fin y para no alargarnos: que eso fue un beso de enamorados, si es que alguna vez he visto uno. Luego se fueron y yo seguí tomando mi copa, sin ya nadie entre el fútbol en pantalla y mi mesa. Y me dio por cavilar sobre algo que ya se me ha pasado por la cabeza otras veces. Algo que ya pensé hace veinte años, cuando vi aquel beso en la estación de Gijón.

Anoche tuve la suerte de ver a dos personas felices. Felices como nos está permitido a los humanos, que es durante un momento fugaz. Creo que podemos alcanzar la felicidad de la misma forma que podemos volar. Solo podemos volar saltando y, justo en ese instante que estamos en lo alto de la curva, ahí estamos volando. Después caemos de forma inevitable. Opino que no la felicidad ocurre lo mismo. Y que lo terrible es que, cuando alcanzamos por fin esa felicidad, por ese momento, no somos capaces de darnos cuenta de que la tenemos por fin ahí y a menudo olvidamos. Los humanos somos así.

***

Leyendo esto alguno pensará que soy un voyeur. Se equivoca. No tengo nada contra el voyeurismo, que es una perversión de lo más respetable. Al revés que un mirón, que es un espía despreciable, un voyeur es alguien que saca placer de la observación. Yo no. En mi caso, ocurre que soy un filocalista; es decir, que me gusta la belleza, me fascina. Y lo que tiene la belleza es que la encontramos a menudo en, donde y cuando menos lo esperamos.

Quinteto de la muerte para Comanche, de Jesús Maeso

¿Cuándo?

Al tomar posesión como académico correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, constaté el gran amor que en estados como Nuevo Méjico, Tejas y California se le tenía a su ascendencia española. Pero en cambio ignoraban las grandes gestas de los conquistadores y colonizadores, como Juan Bautista de Anza, fundador de San Francisco, donde posee una estatua ecuestre. Era hora de divulgar esa imprescindible huella hispana de los Dragones de Cuera y de sus proezas en aquella parte de los EE.UU, Nuevo Méjico, Arkansas Tejas y California y escenificar los sangrientos combates contra los comanches.

¿Dónde?

Frontera de Nueva España en el siglo XVIII.

Siempre hemos tenido muy mala prensa en el mundo anglosajón, interesado en convertirse en el único adalid de Occidente. Craso error. Sin la ayuda de España-Carlos III, Bernardo de Gálvez o el almirante Córdoba por mar, las 13 colonias primigenias jamás hubieran con seguido la Independencia. Y desde el Missouri hasta las costas de California, y desde Arkansas hasta Tejas, -que no lo olviden- pertenecían a la corona de España. Esta novela viene a hacer justicia a esa presencia hispana secular en los EE. UU y de su mucha influencia en la historia norteamericana.

¿Por qué?

Somos unos pésimos contadores y divulgadores de nuestro pasado y más de nuestra presencia en Norteamérica, donde ingleses y franceses han tratado siempre de olvidarnos y desacreditarnos. Hemos carecido de un Giorgio Vassari que exaltó a sus compatriotas italianos narrando las glorias imperecederas de Italia desde los tiempos más remotos. Aquí la historia la utilizamos como arma arrojadiza contra nosotros mismos y hacemos presentismo histórico tachando, por ejemplo, a Isabel la Católica o a Felipe II como fascistas, auténtico disparate, pues ese concepto político no existía en sus siglos.

Si nosotros nos despezamos a nosotros mismos, ¿qué no harán nuestros enemigos?

Por eso las andanzas de los dragones de cuera en la frontera puede ser un ejemplo.

¿Para qué?

-J.L.Borges aseguraba que la historia no tiene rostro y que éste solo lo puede describir la narrativa y la imaginación, y que ese papel le corresponde a la novela histórica de calidad. Estoy totalmente de acuerdo, y así, la nefasta “leyenda negra” que nos invade irá perdiendo terreno, y este fascinante episodio de los indómitos “Dragones de Cuera” sobre sus caballos y uniformados con sus uniformes azules y sombreros de ala ancha y fusiles Beown Bess, podrá ser conocido por propios y extrañas y evaluar las luces y las sombras de aquella formidable fuerza ecuestre en aquellos vastísimos territorios de los EE. UU.

¿Para quién?

Para cualquier lector que desee conocer la historia de su país y acabar con la leyenda negra de nuestras gestas en América y la siembra de desprecio de que hemos sido objeto.
Quien desee emocionarse y entretenerse con las proezas de los dragones del rey y la vida de los indios esta es su novela.

La bandera de la Hispanidad

Hace un par de días, el jefe del principal partido de la oposición, el Sr. Casado, tuvo el gesto nada elegante de invitar a todos los españoles a colgar una bandera nacional con motivo de la fiesta del 12 de Octubre. No es que hacer una invitación así sea malo, al contrario. Es que, tal como lo hizo, de manera irremediable hará parecer o sospechar que cualquiera que cuelgue la bandera es afiliado o simpatizante del PP. Y eso es algo muy feo. Con lo de todos no se juega ni se hacen trucos de tahúr.

En fin. Yo nunca he colgado una bandera en mi balcón o ventana, aunque reconozco que más que nada por pereza. Al menos nunca lo hice en esos espacios físicos, porque la Red es ya harina de otro costal. En mis redes sociales sí que suelo colgar por estas fechas una u otra de las banderas legítimas que ha tenido España: la actual constitucional, la de la I República, la de la II República…

Y hoy no me voy a quedar sin «colgar» una bandera, lo haré sin hacer el juego al Sr. Casado y, de paso, apuntando una historia que puede interesar a más de uno. Y digo apuntando porque hay información de sobra en red sobre el tema y tampoco cabe extenderse en exceso.

La bandera que he elegido es la de la Hispanidad —o de la Raza, como se llamó al principio—. Fue diseñada en América por el coronel uruguayo Camblor, en un concurso organizado en 1932. Camblor eligió tres cruces por las supuestas tres que llevaban las naves de Colón, aunque eso es imaginario popular y no era así, como no lo es el color que eligió, el morado, por Castilla, cuando el color del pendón castellano es rojo (en el siglo XIX fue esa una confusión muy común, dado que la oxidación de los pigmentos hacían que el rojo del pendón virase a morado). Y lo unió a el sol naciente por ser este astro un símbolo común a antiguos pueblos indígenas y a varias repúblicas americanas.

Esta curiosa iniciativa se enmarca en un movimiento que surgió de manera independiente a ambos lados del Atlántico, revindicando la identidad común de las gentes de España y los países de habla española de América. Era otro ciclo ideológico, ya que ahora estamos en el de la construcción de la identidad sobre lo contrario: arremetiendo, negando y desentendiéndose el pasado común.  Pero no hay que asustarse, que son solo eso, ciclos.

Me quedo con el lema que Camblor adjuntó a la bandera: Justicia, Unión, Paz y Fraternidad. Que así sea. Feliz día de la Hispanidad.

Quinteto de la Muerte para Sebastián Roa y su Enemigos de Esparta.

Comenzamos nuestra sección de Quinteto de la Muerte con Enemigos de Esparta, de Sebastián Roa, publicado por Ed. B. Ahí van sus respuestas, sin prolegómenos ni añadidos por nuestra parte.

¿Cuándo? Siglo IV a. C. Tras la Guerra del Peloponeso, Esparta se ha alzado como polis hegemónica y domina el mundo griego a través de sus propios gobernadores y guarniciones, apoyando a las oligarquías locales o interviniendo militarmente de forma directa.

¿Dónde? En Atenas, los demócratas tebanos viven exiliados desde que Esparta impuso un gobierno títere. Su objetivo es recuperar el poder en Tebas y alzarse contra la soberbia espartana. La búsqueda de apoyos, las campañas militares y los juegos de poder nos harán recorrer Eubea, Tesalia, el Peloponeso, el Egeo e incluso el imperio persa.

¿Quién? Prómaco, un peltasta mestizo, huye del bárbaro reino Odrisio en compañía de su amada. Su objetivo es luchar a sueldo para Esparta, lo que implica trabajo asegurado y con todas las garantías de triunfo porque ¿quién sería capaz de vencer a los espartanos? Los vaivenes del destino lo llevarán a enemistarse contra ellos, y así conocerá a los conspiradores tebanos del alzamiento contra Esparta: Pelópidas y Epaminondas.

¿Por qué? Aparte de dar salida a un viejo proyecto, me propuse poner a Esparta en el lado opuesto al que estamos acostumbrados últimamente. En esta novela, los espartanos no son los nobles salvadores de la civilización occidental, sino los opresores insufribles que humillan al resto de Grecia y mantienen esclavizadas a poblaciones enteras. Además, me interesaba sacarle brillo al Batallón Sagrado, unidad de élite tebana compuesta por 150 parejas de amantes homosexuales: un ejemplo de eficacia guerrera que choca con los prejuicios de los siglos recientes. Por último, me apetecía rescatar un periodo de la historia que lleva muchos años a la sombra de los hechos anteriores (la rivalidad entre Esparta y Atenas) y los posteriores (la eclosión del poder macedonio y la gesta de Alejandro Magno).

¿Para qué? Para inducir la reflexión sobre tres temas que mantienen su importancia a través de los siglos: los defectos de la democracia, la verdadera naturaleza del amor y la necesidad vital de las Humanidades.

Mi Quinteto de la Muerte

Voy a iniciar un experimento que no sé si calificar de minicuestionario, minientrevista o qué a distintos autores de narrativa, sobre una obra suya en concreto. Lo que importa es que sea operativo. También que sea distinto y no por vanidad de apartarse de lo que se hace, sino porque creo que el apartado de las entrevistas convencionales está más que cubierto y, además, por excelentes profesionales del periodismo.

Esto va a ser otra cosa. Dar al entrevistado o cuestionado la oportunidad, sobre unas preguntas fijas, de explayarse por los derroteros que él quiera. He llamado a este experimento El Quinteto de la Muerte. Más bien Mi Quinteto de la Muerte, porque son cinco preguntas muy breves (más concisas imposible) que, sin embargo, permite mucha flexibilidad de respuesta.

Quiero aclarar que no es una alusión ni un homenaje a la película El Quinteto de Muerte, entre otras cosas porque esa cinta, que tiene muchos admiradores, a mí no me gustó nada, lo cual solo dice de mis gustos y no de la película, claro. Vamos, que podía haberle llamado tranquilamente Repóquer de Preguntas, pero queda menos llamativo y yo tengo cierta inclinación por la truculencia.

Las preguntas, como he dicho, son cinco e invariantes, aunque el destinatario, además de poder salir por donde quiera, siempre que la respuesta esté ligada a la pregunta, puede ordenarlas como quiera, para mejor eficacia de lo contestado. Estas preguntas son:

 

¿Cuándo? Aquí el entrevistado podrá contar lo que le dé la gana sobre la época en la que se desarrolla la obra.

¿Dónde? Aquí podrá hablar lo que desee sobre la localización geográfica.

¿Quién? Sobre el personaje o los personajes de la obra en cuestión.

¿Por qué? Acerca de los motivos que llevaron al autor a escribir este título.

¿Para qué? Sobre qué es lo que se quiere trasladar al lector.

 

Sencillo, ¿verdad? Y al mismo tiempo con todo un mundo de posibilidades. Y en seguida veremos qué es lo que da de sí.