El amor como un juego de sombras chinescas

Sombra Chinesca

Ando estos días —bueno, más bien no ando— bastante impedido por culpa de una operación en el pie derecho. Una de esas que implican romper huesos, serrar, poner clavos… y que obligan a bastante reposo y muletas durante una temporada. Así que aparte de leer más y ver series, procuro tomarme las cosas con más calma. Y ocurre que este invierno no es invierno —fuera de alguna ola de frío fugaz—, cosa que me permite, gracias a las temperaturas tibias, echar ratos en mi rincón chill-out.

Lo de rincón chill-out fue una broma de una amiga y con ese nombre se quedó. En realidad, es una mitad de la terraza del salón, donde instalé una mesa plegable, librería y plantas. Y gracias al tiempo clemente, estos días me he estado sentando ahí, a tomar algo conmigo mismo, hacer anotaciones al viejo estilo, filosofar, preguntarte de dónde vienes y a dónde vas… todas esas cosas raras a las que nos dedicamos los trabajalcolicos cuando nos fuerzan a una semi inactividad.

Justo las buenas temperaturas permiten que a primeras horas de la noche todavía se está a gusto ahí. Y, en estas fechas, primeras horas de la noche siguen siendo un tiempo de la tarde bastante temprano. Porque el invierno climático no habrá venido este año, pero el astronómico no lo mueve nadie. Y a estas alturas alguien dirá: Vale, pero ¿a dónde nos lleva todo esto? ¿O es que has abierto una nueva sección de «divagaciones»?

Bueno, pues esto nos lleva a que, por la disposición de bloques de viviendas de mi barrio, la terraza de mi salón tiene justo enfrente las terrazas de las cocinas de otros bloques. Y, en estos días en los que me he sentado en la oscuridad, tomando un café o una cerveza, no he podido evitar ver esas terrazas iluminadas mientras la gente se hace la cena. No suele haber mucho que ver, la verdad, porque las que no son de ventanas de vidrios esmerilados suelen tener las persianas bajadas, justo para preservar la intimidad.

El amor como un juego de sombras chinescas

Pero sí hay una terraza, de las de ventanas esmeriladas, en la que sí ha habido mucho que ver.


Allí, más o menos a la misma hora —al menos durante esta semana—, se encienden las luces y una pareja se dedica a prepararse la cena. Gracias a esos vidrios esmerilados y a alguna luz que debe estar al fondo, los movimientos de esos dos son semejantes a un espectáculo de sombras chinescas.

Por sus siluetas, deben ser una pareja joven. Si no lo son, se mantienen asombrosamente bien, no solo por lo que traslucen sus perfiles sino también sus movimientos. Cada noche, hacia las ocho, dan un espectáculo diferente de sombras chinescas. Y, como uno es imaginativo porque es escritor, o es escritor porque es imaginativo, viéndolos, no puede evitar imaginarse historias.

Reconozco que las sombras chinescas me fascinan desde niño. Esas imágenes negras sobre fondo blanco, capaces de trasmitir de manera asombrosa con el simple desplazarse y los aspavientos. Hubo una noche en la que, por los aspavientos y sus idas y venidas, era obvio que discutían de manera vehemente. Otra, por cómo se movían, debían estar dedicado a una de esas variantes del coqueteo que se dan entre parejas ya asentadas. Las sombras se acercaban, se fundían para despegarse luego a atender algo del cocinar, volvían a juntarse. Y otra noche esas sombras, a las que se veía que tenían recipientes y utensilios en las manos, daban la sensación de estar discutiendo algún asunto para ellos importante…

No. No es que pretenda emular al protagonista de La ventana indiscreta. A lo largo de esta semana, esas son las tres veces que les he visto. Ahí están los dos siempre a esas horas, pero el resto de los días yo estaba a otros asuntos y no en la terraza. Al moverme (como podía) por el salón he visto esa terraza y sus sombras chinescas, por supuesto, pero no me he detenido a observar. Que una cosa es ver y otra mirar. No tengo nada en contra del voyeurismo, que es una perversión muy respetable, siempre que la observación sea inocente o consentida. Porque de lo contrario quien la practica no es un voyeur sino un despreciable mirón.

Pero han sido tres veces las que, sentado en la oscuridad, en mi rincón chill-out, tomándome una cerveza, he podido ver a esa pareja de sombras chinescas, en tres situaciones distintas. Y no he podido evitarlo, pero se me ocurrió que ahí había un título y una historia. El título es el que lleva este post y la historia no sé cuál podría ser. Quizás es que necesita otro arte narrativo —el teatro, el cine— distinto de la literatura para hacer justicia a algo tan visual, fuera cual fuese el argumento.

Sin embargo, tampoco quería que todo se quedase en un par de líneas en esa libreta mía, llena de ideas que en su mayor parte jamás se convertirán en historias. Y, a falta de algo mejor, por eso he colocado la anécdota en esta entrada de blog.

Quinteto para El secreto de Wadi-as

El secreto de Wadi-as

El Secreto de Wadi-as

José María Espinar

Arzalia Ediciones

¿CUÁNDO? 1488. Momentos antes del colapso y derrumbe del reino de Granada. Necesitaba una época de tensión política para introducir en ella elementos narrativos perturbadores que agudizasen aún más el enfrentamiento entre cristianos y musulmanes. El argumento de la novela es un parásito de imaginación inoculado en el interior de una hueva histórica concreta. Enmarco en el rigor académico una aventura delirante.

¿DÓNDE? En Guadix, un lugar al que amo porque pertenezco a él. Esta ciudad granadina es mi infancia, mi única patria. Guadix es el lugar donde comencé a soñar. El argumento de la novela puedo compararlo a un traje hecho a medida para este lugar. Se lo merece. Llevo echándole fuego a mi mente calenturienta sobre este tema quizá desde los siete años. El secreto de Wadi-as es una novela que prácticamente nació conmigo. Ha tardado en salir, como tardaron en salirme pelos en las axilas, pero ahí estaba latente, esperando su momento.

¿QUIÉN? Entre todos los personajes que aparecen en el libro cobra especial relevancia el malvado Yahaya Malek al’Fatóm. Solo pronunciar su nombre ya acojona. Quise crear un Moriarty de la reconquista. Su inteligencia y crueldad deben acabar atrapando a los lectores, ¡ese es el objetivo! Tanto mal se revuelca en la admiración.El resto de personajes se ven empequeñecidos por él. Inlcuso don Alejandro de Vértebra, aunténtico actor principal de la historia, da un paso atrás cada vez que aparece Yahaya. Él lo llena todo, se desparrama por los imbornales de la novela.

¿POR QUÉ? Hay libros que se escriben sin preguntar, son como un mandato personal. Cuando uno ama un lugar, como yo hago con Guadix, intenta rendirle homenaje constante. Yo decidí atrapar todas las gotas de afecto hacia esa ciudad entre dos tapas y volcarlas en una tormenta literaria. Con El secreto de Wadi-as he saldado una deuda afectiva. Me siento feliz, he hecho lo que debía.

¿PARA QUÉ? Honestamente, para crear un buen libro. Persigo hacer literatura, no limitarme al noble (que no sobresaliente) arte de contar historias. Además, no quiero mentir a mis años, me movió una intuición muy poderosa. “Con este libro me hago rico”, pensé. Habida cuenta de los fastusosos resultados obtenidos, mi mujer me ha obligado a abandonar el mundo de la especulación inversora.

Reyes desnudos

Gritar que el rey está desnudo

Reyes vestidos

Hay veces en las que no nos queda otro remedio que actuar como si el rey estuviese vestido, y eso es lo que acaba de ocurrirnos a los españoles en conjunto. Porque, casi durante dos semanas, casi todos hemos actuado como si el niño Julen Roselló estuviese vio, aunque sabíamos que era imposible que así fuese. En el caso de que hubiese sobrevivido a la caída —cosa posible de haber descendido rebotando contra las paredes—, tras tantos días ahí abajo, habría muerto de asfixia, deshidratación o frío. No importaba. Había que bajar. Era lo que tocaba, aunque las posibilidades fuera una entre millones y el gasto resultase enorme.

Otras veces ya no es cuestión de simular, sino de simples estrategias de supervivencia. Muchos consideramos que el alma no existe, que no es más que una fantasía de los antiguos. Y también aceptamos que el Yo es otra fantasía más moderna; un constructo para dotarnos de identidad propia. Pero debemos desenvolvernos de alguna forma en la existencia y, aunque intelectualmente aceptemos que nada de eso existe, nos desenvolvemos como si fueran reales. No es solo que cuesta digerir que somos tan coyunturales como un programa dentro de un ordenador. Es que, además, es difícil que el espejismo asuma que no es más que eso: un espejismo.

Hay muchos casos más. Sabemos que el amor no es más que una suma de procesos químicos. Pero eso no quita para que en ocasiones el amor nos haga volar. Y que todo sea una cuestión de dopaminas y serotoninas no mitiga un ápice la pena cuando nos toca transitar por las fosas del desamor.

Y reyes desnudos

Ahora bien, hay veces que es obligado decir que el rey anda desnudo. Y no basta con decirlo, sino que hay que hacerlo de la forma adecuada. Por ejemplo, a la hora de denunciar todo el circo indecente que han montado los medios con la búsqueda del niño caído en el pozo, y no digamos tras aparecer el cadáver.

Recuerdo que hace décadas, cuando con motivo del asesinato de las niñas de Alcasser, se emitieron programas tan inmundos que provocó reacción popular en contra. Entonces se habló de que en nuestra sociedad se había producido una catarsis que llevaría de forma inevitable a un saneamiento de los medios. A la vista está que no es así.

Todo lo más, algunos más espabilados han sabido refinar sus ofertas de programas carroña para disfrazarlos mejor de información. Pero todo esto sigue siendo un avatar del circo romano. O miento, porque al menos los gladiadores podían ganar fortuna y fama, mientras que todo esto son espectáculos a costa de la sangre y las lágrimas de víctimas que nunca quisieron participar de ello.

Reyes desnudos y pueblo callado

A mi juicio, en estos casos, estamos obligados a decir que el rey está desnudo. Y no debemos hacerlo vociferando indignados, porque entonces nos convertimos en parte de espectáculo. Los responsables de todo esto alega que es «lo que la gente quiere». Mentira. Esto es un sistema de dos serpientes que se muerden las colas y que, en vez de tragarse, se engordan mutuamente. Una de las serpientes son los medios que dan lo que el público demanda, sí, pero a la vez malean el gusto de ese público, educándolos para consumir eso. La otra serpiente es la de ese público que pide más y más basura sangrienta y que, por tanto, realiza una selección negativa en la que solo sobreviven esos medios capaces de producir más basura de esta.

¿Y qué se puede hacer para romper un círculo así? Pues lo ignoro. Pero sí sé que tal vez un paso necesario es que todos digamos claro que el rey está desnudo. Que lo enunciemos sin alterarnos. Y, si puede ser, como el niño del cuento, hacerlo riendo. Porque, si hay algo que no merecen estos vendedores de dolor ajenos es respetabilidad. Ni un ápice. Ni siquiera esa oscura que acompaña a veces a los malvados.

Jaque a la reina

Cuadro Jaque a la reina de Lluís Ribas

Jaque a la reina, de Lluís Ribas, fue protagonista de uno de los primeros comentarios que publiqué en Las islas sin nombre (una entrada que, por supuesto, he eliminado al redactar esta nueva, heredera de aquella antigua). Y si lo escribí es porque el cuadro me impresionó al toparme con él. Se lo mostré a mi amiga Sara y a ella le produjo algo que podríamos definir como desazón.

Desde luego, puede ser una pizca desazonante, sí. Esa mujer tendida sobre el embaldosado negro y blanco que se convierte, por mor del título, en tablero de ajedrez. Su aspecto desvalido, la postura no de quien duerme tranquilo sino de quien está exhausto y abatido…

En fin, no seguiré por ahí, que yo no tengo ni idea sobre artes plásticas. Pero sí sé qué es lo que me gusta y lo que no me gusta. Y también sé que me llega y qué no. Y Jaque a la reina trasmite, cosa que en toda creación es fundamental. O, si queréis, cambiamos el término y en vez de trasmitir decimos que causa un efecto, y que este es distinto según el receptor. Esa capacidad de no dejar indiferente a quien se acerca a una creación es uno de los rasgos distintivos del arte.

Es transversal también a toda forma de arte y creación el hecho de que la obra escapa enseguida a la intención original del autor. Que causa un impacto bien distinto en cada receptor, sea espectador, oyente o lector. La misma música, libro, película, película que para una persona es euforizante o bálsamo, causa desasosiego en otra y melancolía en una tercera. Supongo que será un mecanismo bien estudiado, pero a mí me resulta de lo más misterioso, aunque imagino que tendrá que ver con las claves personales de cada receptor…

Bueno, parece que hilvanando una idea con otra nos hemos ido alejando de Jaque a la reina y mejor paramos aquí. Además, en el fondo no tengo gran cosa que comentar porque, como he dicho, asumo que soy bastante ignorante en materia de artes plásticas. Aquí queda el cuadro por si no lo conocíais. Os invito a contemplarlo y, si toca, a sentir.

Ruta turística de Bandera Negra

El falucho del capitán Miralles

El Galardón Letras del Mediterráneo lleva ya varios años de vida, en curva ascendente de resonancia y ayer dio a conocer los ganadores de este año en cada una de sus cuatro categorías. Además, presentó una iniciativa nueva, ligada al Galardón. La Diputación de Castellón ha creado cuatro rutas turísticas a partir de las poblaciones y lugares señeros que aparecen en cuatro de las novelas ganadoras en años anteriores.

Y sí, amigos, Bandera Negra ha sido una de las seleccionadas. La ruta de Bandera Negra se ciñe a las localidades de la provincia de Castellón en las que viven sus aventuras el capitán Miralles, Furtabous, Mercedes, el pintor Boix. Son Castellón de la Plana, el Grao, Vinaroz, Benicarló… Bueno, no voy a enumerarlas todas, os dejo el folleto abajo, por si queréis leer la lista.

Esto para mí es un gran honor, la verdad. Y estoy muy contento, máxime cuando nunca hubiera esperado un premio así a una obra mía. Encima, además, a Bandera negra, que por más de una razón para mí es una obra especial en mi carrera de escritor. El dinero es importante, desde luego, pero hay cosas que también lo son y esto gratifica en el ánimo de una manera muy especial.

Ahí queda pues la ruta y cuando paséis por Castellón, si os acordáis de mí, haceos con el folleto o cuadernillo de la misma y animaos a acercaros a uno o varios de los lugares que allí aparecen. Y disfrutad, por supuesto, de tales rutas. A veces las cosas dan giros o ramificaciones que no esperabas y que te llenan de alegría. Este ha sido al menos mi caso, como supongo que lo habrá sido el de los demás autores, claro. Así pues, voy a considerar que esto de la ruta de Bandera negra nace con buen augurio y que dará buenos momentos a aquellos que decidan frecuentarla.

 

 

 

Dije digo, digo Diego

Johan Christian Dahl. Vesubio

Donde dije digo, digo Diego. Eso, en este ámbito, quiere decir que he importado todo el antiguo blog a este nuevo —que en realidad es el mismo, en una nueva etapa—. Mi primera intención era dejar todas las entradas antiguas alojadas en wordpress.com y repescar algunas en esta nueva fase.

Esa intención venía dada por el hecho de que ya en una primera mudanza perdí una cantidad enorme de fotos y ahí están los huecos tristes en las entradas. También porque las categorías están más que enmarañadas. Y, por supuesto, porque las entradas de esa etapa antigua del blog no estaban —no están, de hecho— optimizadas SEO. Aunque eso de optimizado SEO es una redundancia, ya que SEO significa Search Engine Optimization

Pero justo hoy estaba revisando el viejo blog en busca de entradas que repescar y, al irme a las primeras, he caído en la cuenta de que en unos días hará ya 12 años que abrí Las islas sin nombre. 12 años, amigos, nada menos. Así que he cambiado de opinión. De sabios es el rectificar o somos incongruentes con nuestras propias decisiones, como quieran.

Así que he importado todas las antiguas entradas. Y ya están en el nuevo Las islas sin nombre con todas sus categorías confusas, sus huecos gráficos, su no optimización para buscadores. Y no lo voy a dejar así. Para eso conservaré el antiguo en wordpress.com y, dentro de un tiempo prudencia, lo pasaré a privado y ya desaparecerá de redes.

En este nuevo, iré arreglando la confusión e incluso reciclando para portada antiguas entradas. Porque esto no es un trastero de viejos posts. Para eso ya está el blog en wordpress.com. Además, me apetece mostrar a amigos que entonces no me conocían algunas de esas entradas, más pulidas y desde luego tamizadas por todo lo que he aprendido con el tiempo.

El mejor alcalde de Madrid

El olvido

Es curioso cómo nombres propios y fechas ligadas a las revoluciones liberales del siglo XIX han desaparecido del callejero madrileño y también de la memoria de los ciudadanos. O tal vez no es curioso y sí significativo. Al fin y al cabo, estamos en un país donde siempre han gobernado los mismos, aún a costa de ir haciendo concesiones y de permitir ciertos cambios para que nada en realidad cambie.

Y, sin necesidad de recurrir a teorías de la conspiración, eso algo tendrá que ver. Por ejemplo, en algún momento, un héroe liberal como el general Torrijos perdió la calle que le honraba para dejar paso a un político conservador como el Conde de Peñalver.

Algunos no perdieron sus calles y sus estatuas, pero sí se han esfumado de la memoria del madrileño medio. Y de nuevo no se debe a ninguna conspiración y sí al desinterés a la hora de conmemorar a personajes que no dejan de ser ejemplos incómodos e inquietantes. Tal es el caso de don Joaquín Vizcaíno, marqués viudo de Pontejos. A muchos les suena porque tiene calles, una plaza famosa por sus establecimientos de cordones, hilos y botones, etc. Pero ¿cuántos recuerdan quién fue y por qué se le conmemoró con tres vías públicas, así como con estatuas y bustos?

Joaquín Vizcaíno

Pues ocurre que el marqués viudo de Pontejos puede ser llamado con justicia El mejor alcalde de Madrid. El de verdad. Y no es por ser iconoclastas ni por quitar los méritos que puedan corresponder al rey Carlos III. Pero a este le tildaron así por los grandes edificios públicos que mandó edificar en la ciudad. Fue el ejecutor de una política entonces progresista, de centralizar en la capital grandes museos, bibliotecas, etc. Con los Austrias, que eran de otra época e ideologías, Madrid era poco más que una sede regia. Con los Borbones se convirtió en una verdadera capital. Pero ¿y sus habitantes? Pues de ellos se preocupó el marqués de Pontejos.

Este fue una verdadera figura del romanticismo español. Estuvo en la guerra de la Independencia, donde luchó en el ejército regular. Liberal convencido, sirvió en la Milicia Nacional durante el Trienio de Oro, y hubo de exiliarse tras la invasión de los Cien mil hijos de San Luis y el regreso del absolutismo. A ese exilio le acompañó su esposa, la marquesa de Pontejos, que era casi veinte años mayor que él.

Pero, más que por su valor en la guerra y su lealtad a sus convicciones, Joaquín Vizcaíno se ganó el amor de los madrileños cuando, a la vuelta del exilio, fue alcalde (corregidor se llamaba entonces) de Madrid, desde 1834 a 1836. Y fue el mejor alcalde de Madrid, porque desde ese cargo impulsó medidas no tan faraónicas pero sí de tal importancia que sin duda le hacen merecedor de ser considerado el verdadero mejor alcalde de Madrid. Se ocupó de meter alcantarillado, alumbrado público, pavimentar vías públicas, etc. Fue también él quien impulsó la forma que se tiene de numerar a los inmuebles en Madrid, mediante la cual las calles comienzan en el punto más cercano a la Puerta del Sol, siendo pares los números de la acera derecha e impares los de la izquierda. De igual manera, impulsó el plantado de arbolado, la construcción de baños públicos al servicio del pueblo…

Y, cuando abandonó sus cargos públicos, se dedicó a uno de sus sueños. Fue él quien creó la Caja de Ahorros de Madrid, con el objetivo de ofrecer créditos a interés cero a la gente humilde para que pudiera crear sus propios negocios. Eso fue la Caja de Ahorros de Madrid en sus comienzos —no tardó en fusionarse con el Monte de Piedad, creado por el Padre Piquer en el siglo XVIII para asistir a los necesitados—, lo que hace más paradójico lo que ha ocurrido con ella en los últimos años, gracias a cargos públicos de mucha menos talla ética, humana y política que aquel gran hombre.

El recuerdo

Por todo ello, el pueblo de Madrid le homenajeó dándole calles, estatuas y un aprecio colectivo que pocos políticos en este país encarnizado han conseguido rozar. Pero ocurrió lo de siempre: que gobiernos municipales posteriores no tuvieron especial interés en mantener su figura y, siendo como es España —donde Madrid no es la excepción—, ese político de talla excepcional, humanista y progresista, fue esfumándose poco a poco del recuerdo de sus conciudadanos.

Pero algunos todavía le recordamos y honramos su memoria.

Sobre Bandera negra

Ya he comentado repetidas veces y en distintos lugares que Bandera negra es una novela especial. No es que la tenga a más que al resto, porque cada obra es distinta y, como a los hijos —los que los tienen— uno las quiere a todas, a cada una a su manera. Pero Bandera negra es diferente a todo lo que había producido y lo es de manera deliberada. Porque quise que fuera el compendio de todo lo que he aprendido a lo largo de más de quince años de escribir novelas históricas.

No las tenía yo todas conmigo sobre cómo se recibiría una novela así. Pero la verdad es que en general no solo ha gustado, sino que hay quienes consideran que Bandera negra es mi mejor novela histórica. Ahí no voy a entrar, desde luego, por las razones antes dichas, porque uno quiere a todas sus obras. Y, de nuevo como con los hijos, cada una tiene una suerte bien distinta, fruto de factores incontrolables.

Casi dos años después de su edición, Bandera negra sigue dando vueltas y guerra. En esta ocasión y al respecto, os ofrezco en el blog la entrevista de una hora que me hicieron sobre la novela. El quid de esta entrevista en concreto, en el programa Las aventuras de la espada, de Radioya.es, es que va más allá la historia que se narra. Durante una hora discutimos sobre su génesis, su estructura, las intrahistorias de la historia que se cuenta, el formato y las claves no perceptibles a una primera lectura…

No me alargaré ni destriparé la entrevista. Aquí os dejo el podcast por si queréis escucharlo y solo añadiré que para mí fue muy estimulante la conversación sobre Bandera negra. ¿Por qué? Porque a veces, hasta que no lo expresas, ni tú mismo eres consciente de algunas de esas claves que manejaste en una novela y de la importancia que acaban teniendo en el resultado final. Curioso, ¿eh? Pero así funcionan las cosas con los libros. O supongo que más bien con todas las artes y la creación.

Pescadores de fortuna

La pesca en Castellón

Leí hace tiempo una noticia sobre un incidente habido entre la policía local de Cádiz y un vendedor ilegal de pescado, y la posición más que ambigua adoptada por el alcalde del lugar. La verdad es que las autoridades hacen bien en reglamentar y vigilar el asunto de los alimentos. Y justo el pescado y el marisco merecen especial vigilancia. Pero eso me hizo recordar que, no hace tanto, las cosas eran muy diferentes. Y, desde luego, las autoridades mucho más laxas.

De noche, junto a la refinería de Castellón…

Recuerdo que, en mis tiempos de marino mercante, en cierta ocasión llevamos crudo a la refinería de Petromed, en Castellón. En esa ocasión, no entramos de forma directa. Tuvimos que fondear en espera de que nos dieran orden de descargar. Y esa noche, estando de guardia, pude observar que una barca con tres tripulantes merodeaba cerca del buque. Pescaban a la luz de un farol.

Que lo hicieran cerca del petrolero no era sorprendente. No sé cómo será ahora, pero entonces, hará 20 o 25 años, los residuos orgánicos se tiraban por la borda y en paz. Festín para los peces. Y, justo por esa razón, siempre había peces cerca de los barcos. Y, donde hay peces, hay pescadores.

Lo que me llamó la atención fue que los tipos examinaban cada pieza que pescaban. Y a la mayor parte de ellas las devolvían al mar. Como había un marinero veterano justo entonces en el puente —no recuerdo a qué había subido a esas horas— le señalé ese comportamiento tan peculiar. A él no se lo pareció y, de hecho, me dijo

—Esos son pescadores de peces preciosos.

—¿?

—Pues que no les vale cualquier pez. No los pescan para comérselos ellos. Buscan ciertas clases de peces caros, para vendérselos a los restaurantes de postín de Castellón. Por eso tiran la mayor parte al mar. Solo se quedan con los que pueden vender.

Curiosa ocupación ¿eh? Y, desde luego, un nombre de lo más bello: «pescadores de peces preciosos».

Ocurre que las historias que se cuentan en los barcos siempre tienen varios grados de imprecisión y el doble de inventiva. Y a lo mejor el marinero me estaba tomando el pelo.

Lo mismo eran peces que no les servían. Porque recuerdo que, allí mismo y en otra ocasión, también fondeados, nos dedicamos a pescar y sacamos poco más que tallanes. ¿Qué son los tallanes? Unos malditos peces cabritos, cuya única virtud es tener unos dientes tremendos, que se han llevado el dedo de más de un pescador desprevenido. Lo mismo era todo mentira y lo que hacían era deshacerse de eso que se llama morralla, y que son justamente los peces que solo sirven para hacer caldo o fumet.

Podría haber lo comprobado. Pero ¿para qué? Si era mentira, lo compro igual. Porque no me digan que no es una historia bonita.

… y junto a la reserva de Tabarca

Un par de años después, navegaba en un barco gasolinero que suministraba combustible a las grandes ciudades del litoral mediterráneo español. En más de una ocasión, al arribar a Alicante, tuvimos que quedar en espera de turno de descarga. En tales casos, lo que hacíamos era ir a fondear muy cerca del límite de la reserva marina de la isla de Tabarca. Está prohibido pescar en esa reserva, como es lógico. Pero en el mar no hay vallas ni cercas y, por tanto, justo cerca del límite de la reserva, peces y mariscos proliferan. Y nosotros, si fondeábamos, aprovechábamos la ocasión. Nos dedicábamos a pescar calamares de noche.

Lo que hacíamos era apear un farol por la popa, para atraer con la luz a los calamares. Y luego echábamos poteras. Estas son un lastre de plomo pintado, erizado de garfios. La técnica de pesca es sencilla: hay que lanzar la potera al agua, a no mucha profundidad, y luego ir subiéndola y bajándola mediante el sedal. Con suavidad, para engañar a los calamares. Estos creen que es un pez y, cuando la atrapan, notas el tirón. Entonces, todo es el ir subiendo con suavidad pero sin parar la potera. Y el calamar sale enganchado. Porque, como estos no pueden nadar hacia atrás, una vez que le atrapas con los garfios de la potera, si no detienes el ascenso, no puede liberarse.

Eso de pescar con poteras también tiene sus exégetas y sus frikis. He presenciado discusiones de lo más bizantinas acerca de cuál es el color idóneo en el que ha de estar pintada una potera. No hay unanimidad y, por tanto, las hay de todos los colores. Yo las he visto hasta doradas.

Pescar con potera es fácil, se aprende rápido y, en aguas ricas en pesca como aquellas, es muy agradecido, porque no tardas en sentir el tirón del primer cefalópodo. En aquel barco, nos habíamos dividido la faena en tres. Unos pescaban, otros limpiaban y otros cocinaban. Yo era de los primeros: prefería perder horas de sueño a tener que eviscerar a los calamares, que es de lo más asqueroso, la verdad.

Nunca tardábamos en llenar uno o dos cubos de calamares, chocos y seres parecidos. Una vez, hasta atrapé un pulpo de muy buen tamaño. Pero cuando ya lo izaba fuera del agua, con los balanceos de la potera, la popa se le puso a tiro. Pegó ahí las ventosas de algunos de sus tentáculos, hizo fuerza, dobló los garfios de la potera y se escapó.

Cuando teníamos bastante, parábamos. No tiene sentido pescar más de lo que vas a comer. Aunque había una excepción. Teníamos un contramaestre que pescaba para sí mismo y todo lo que podía, y no por afán predatorio. Su habilidad era asombrosa. Se manejaba con una potera en cada mano. Le veías ahí, junto a la borda, tirando de los sedales derecho e izquierdo, casi recordando a un marionetista. Con una sola mano era capaz de izar a los calamares para luego, con un gesto de muñeca, arrojarlos al cubo. A ese le vi yo llenar tres baldes en menos de dos horas.

¿Y qué hacía con eso? Pues tenía acuerdos con algún que otro restaurante de Alicante. Allá se iba a venderles el calamar. Calamar fresco, delicioso, que luego cobraban bien cobrado los restauradores. Eran otros tiempos. Ahora hay más normas y los de sanidad están muy al quite. Supongo que hemos salido ganando. Desde luego, en este caso, los calamares sí que lo han hecho.

Aníbal y la liberación femenina

Las romanas antes de Aníbal

Tendemos a creer que la evolución humana es inexorable y que sigue la flecha del tiempo, siempre hacia delante. Por eso, nos inclinamos a asumir que los logros y avances de nuestra época son los primeros, que —al menos en lo mental y social— es la primera vez que subimos ciertos peldaños. Ejemplo de ello es la igualdad entre sexos. Pero no es así, porque la evolución mental y social humana a lo largo de los siglos ha sido errática, llena de idas y venidas, y lo conseguido ahora en ocasiones ya se obtuvo hace muchos siglos. Y buen ejemplo de ello es la emancipación de la mujer.

Hasta la II Guerra Púnica, las mujeres romanas pintaban muy poco en su sociedad. Las de clase aristocrática recibían una educación esmerada, es cierto. Pero su horizonte estaba en convertirse en matronas —esposa de algún senador o caballero— y llevar los asuntos de la casa. Las mujeres de clase senatorial servían de moneda de cambio entre las altas familias y sus padres las entregaban en matrimonio para sellar alianzas políticas.

Aquellas mujeres, por no tener, ni tenían tantos nombres como los varones. Si los hombres tenían tres —praenomen, nomen y cognomen— las mujeres carecían del primero y se identificaban con el segundo. Y, si eran varias, las numeraban, sin mayores complicaciones. Así, si una mujer nacía en la gens Julia, la llamaban Julia. Y si eran más de una en casa, eran Julia Prima, Julia Secunda, Julia Tercia, etc.

Ventajas de una gran guerra

La invasión de Italia por parte de Aníbal lo cambió todo. Algunas de las derrotas que infligió a los romanos no fueron tan graves como luego estos quisieron hacer creer, para magnificar más su victoria final sobre Cartago. Pero sí las hubo que les costaron un número espantoso de muertos. Sobre todo desde el punto de vista de las clases altas, porque entre esos muertos hubo no pocos de los suyos.

A eso tuvieron que sumar que una parte considerable de los pueblos itálicos, hasta entonces aliados a la fuerza de Roma, se unieron a los cartagineses para sacudirse el yugo. Algo que, además de aumentar el número de enemigos de los romanos, privó a estos de sus canteras de tropas auxiliares. Y el resultado fue que se vieron obligados a movilizar a todo varón capaz de importar un arma, desde adolescentes a ancianos.

Como en la Gran Guerra

Algo parecido sucedió en la I Guerra Mundial, esa a la que llamaron la Gran Guerra, hasta que la II vino a quitarle el título. También esa conflagración gigantesca forzó a las potencias a enviar a tantos hombres útiles a las trincheras que la administración y el sistema productivo se resintieron. Y hubo que cubrir los huecos que dejaron los movilizados con personal femenino. Fue fácil porque, en Occidente, las mujeres llevaban décadas formándose en las ramas más diversas, desde medicina a ingeniería, solo que nadie les daba una oportunidad.

En algún lugar leí que la primera mujer que se graduó en Medicina en Estados Unidos fue porque le permitieron hacer el examen final con la promesa de no ejercer jamás. No he encontrado los datos concretos luego y si alguien los conoce, por favor, que me los envíe. Es bueno recordar de dónde venimos y lo mucho que hemos avanzado. En todo caso, la Guerra del 14, por pura necesidad, dio a esas mujeres la oportunidad de ocupar toda clase de puestos especializados. Y ya nunca los abandonaron.

En Roma, a finales del siglo III a.C. y a su manera, ocurrió otro tanto. Porque, pese a que las damas romanas se limitasen luego a los asuntos domésticos, recibían una educación tan completa como la de los varones y no les costó nada hacerse cargo de los negocios que esposos e hijos tuvieron que abandonar para ir a la guerra. Y, aunque es verdad que no se produjo un cambio tan drástico como en el siglo XX en Occidente, sí que la situación de las mujeres mejoró de manera espectacular, en más de un sentido. Al menos la situación de las aristócratas, claro. Lograron administrar sus negocios y su dinero, y muchas emanciparse de la tutela estricta de los pater familias.

Fue un cambio que se notó en muchos órdenes. Porque, de entrada, abandonaron las adustas vestimentas y peinados que hasta entonces las habían caracterizado. Y pudieron lucir joyas, y salir solas sin la escolta de parientes varones, entre otras cosas. Algo contra lo que tronaban y tronaban personajes retrógrados como Catón el Censor… y de todo eso va el podcast que aquí os ofrezco.