La memoria

Pocas cosas hay tan traidoras como la memoria. Se reajusta, varía y muta según pasa el tiempo. ¿Cuántas veces habremos tenido discusiones con alguien porque el recuerdo que esa persona tenía de un suceso difería de forma radical del que teníamos nosotros? Esa alteración de las memorias puede que sea un mecanismo de adaptación y tenga sus ventajas, no me cabe duda, pero a veces resulta un poco inquietante. En ocasiones puede caberle a uno la sospecha de que su existencia está edificada encima de arena, sobre recuerdos que sólo en parte son reales.

            Gore Vidal, en el comienzo de su novela Mesías, tiene un párrafo muy jugoso al respecto de la memoria, que dice así:

«Envidio a esos cronistas que afirman con despreocupada pero sincera desenvoltura: «Yo estuve. Vi lo que ocurría. Fue así». Yo también estuve, en todos los sentidos de la palabra, mas no me creo capaz de describir con alguna exactitud los diversos acontecimientos de mi propia vida, aunque aún los recuerde de un modo intensamente vívido… Quizá sólo sea porque creo que todos somos traicionados por esos ojos de la memoria, tan mudables y particulares como aquellos con los que miramos el mundo material, pues la visión va variando, como suele ocurrir, desde los primeros a los últimos momentos de la vida».
 

            Mejor glosado, imposible.

Cuaderno de bitácora. Entrada Cero.

Yo, supongo que como mucha gente, he tratado en diversas ocasiones, a lo largo de mi vida, de mantener un diario personal, y siempre he fracasado de forma miserable. Al final, terminaba por abandonarlo, a veces al cabo de sólo unas pocas anotaciones. El fracaso se debía, creo, a la imprecisión en cuanto a las intenciones y el tono narrativo que debía tener tal diario.

            Imagino que, como a mucha gente en mi misma situación, el diario me planteaba incógnitas que nunca llegaba a resolver. ¿Debía ser una recolección de pensamientos privados? ¿El registro de los sucesos que marcaban mi vida personal? ¿Se escribe un diario para uno mismo o para supuestos lectores que repasarán esas páginas cuando ya no estemos? ¿Hay que dejar que las expresiones fluyan o debemos dar un acabado formal al texto?

           Creo que era esa indefinición, el no saber con exactitud en qué terrenos situar el diario, lo que hacía que abandonase la tarea.

            Las bitácoras plantean algunos interrogantes parecidos, aunque no los mismos. De entrada, el hecho de estar en red, bien visible, las convierten en documentos para el público. Y eso obliga, por tanto, a un cuidado formal de las distintas entradas que las forman. Pero,  ¿para qué se escribe una bitácora?

            ¿Para consignar pensamientos, incidentes, como vehículo de vanidad personal, para dar fe de las opiniones de uno sobre distintos temas…? Si uno navega por el universo de las bitácoras, verá que todo eso está presente, junto con mil motivos más posibles. De hecho, parafraseando al refrán, hay veces que ciertas bitácoras son espejo muy nítido del alma de quien las mantiene.

            Así que, puestos a elegir, esta bitácora en concreto ha de ser un cajón de sastre en el que tendrán su sitio los temas más dispares. No un registro exhaustivo de nada y sí una balumba de anotaciones. El nombre de cuaderno de bitácora es, en cierto modo, de lo más apropiado para estas herramientas; sobre todo si lo que uno pretende es dejar por escrito las singladuras que realiza, a merced de los vientos y las corrientes de la vida, así como los monstruos y los prodigios, las islas y los espejismos, y ese sin fin de pequeños detalles que se va encontrando a lo largo de su periplo.